Presentación

Un hombre de paños blancos con el ruedo sucio de caminar parajes cenagosos entró una tarde en la iglesia más perdida del valle. Tonsura, porte de conde, anillos de poder, perfume de aceites de lavanda, un tremendo símbolo del Sol al pecho — y quince años de retraso. Su comitiva había partido hacia el norte cuando cayó la ceniza sobre Ritornello; unos dicen que la atacó un dragón, otros que se la tragaron las brumas. Él reapareció impecable, declarándose perdido en el tiempo, en la iglesia semiderruida de Stejara, como si la decadencia no lo hubiera tocado. Venía destinado a ser Gran Maestro de la Orden de la Cicatriz del Sol, corrompida en lo alto de Ardis_Vala, y a ser coronado en las viejas ciudades. De su nombre propio el archivo apenas susurra — Miguel, dicen algunos registros en voz muy baja —; el valle entero lo conoció como el Abad, y así debe quedar escrito.

Su primera obra fue un acto de liberación. Los que volvían de la Ciudadela_Sin_Sol traían la mente tomada por la compulsión de la reina de abajo, la Bellaca, y no lo sabían; el Abad lo vio en un vistazo y, con el último resplandor del atardecer, les quebró el hechizo de un solo golpe de poder, como un rayo. Recién entonces cayeron en la cuenta de que estaban hechizados. Él, por su parte, sabía que algo con forma de sombra lo venía siguiendo desde hacía años — “no llegó tu hora todavía” — y no se detuvo por eso.

Desde entonces marcó el rumbo de la compañía como quien administra una herencia. Los mandó al Barrowmaze tras las Tabletas del Caos“vayan a minar” — y les entregó de su propia reserva la masa de disrupción, el arma contra los muertos que decidió media crónica. Gobernó a distancia, por cuervo, con una dureza de patriarca: “vuelvan con las tabletas o no vuelvan”. Mandó como punta de lanza a sus dos alabarderos, los hermanos inquisidores, que un demonio menor dio vuelta como una media. Y fue generoso hasta el inventario: pociones, el último suspiro, el anillo del último papa que fue digno, su propio palio sacerdotal para la más joven de la compañía. “Es más importante que ustedes tengan éxito.”

En el funeral de Silas, con la ceniza todavía asentándose sobre Helix, mostró el cuadro que siempre llevaba — Caladan, el señor de las panteras, el de las dos llaves — y encargó la misión que el valle le recordará: la Campana del Apocalipsis, en las cuevas al sur del dominio del señor. “Corten el badajo. Quiten la campana de ese lugar. Es la alerta.” Y cuando la compañía quedó drenada y sin caballos en la atalaya de la garra, hizo lo que ningún cálculo aconsejaba: cabalgó solo, de noche, a buscarlos. Esa cabalgata fue la bisagra de dos tragedias. Mientras el Abad apostaba por ellos, no estuvo en el norte para los Buscadores — los héroes antiguos, paladines entre ellos — que entraron a los túmulos sin su ayuda y sin su guía, y fueron devorados. Todos. No quedó ni uno. Él mismo lo dijo, sin esconderse: “Yo no me arrepiento de haberlos ido a salvar… pero cuando yo fui allí, no estuve aquí.”

Volvió a Helix con banquete — “han sobrevivido, y la tercera campana no ha sonado; ustedes son las buenas noticias” — y escuchó, arrancada de a pedazos ante el altar, la verdad del pacto. Pronunció entonces la sentencia más amarga de la crónica: excomulgados, proto-asesinos del Papa, emisarios del diablo. No llegó a salir de su iglesia. Sus propios protegidos — los que había liberado, curado, armado y alimentado de su mano — lo rodearon a puertas cerradas y lo mataron entre todos, como a un césar, junto al vicario Otar, para que nadie contara lo que iban a hacer. La iglesia entera se oscureció: la noche oscura del alma.

Ni muerto lo dejaron descansar. Su cadáver, cargado hasta la arena de Arden Vul, fue profanado en público como cebo: el cálculo era exacto, porque el Papa Alejandro Sixto no podía ignorar la destrucción del cuerpo de su emisario y hermano espiritual. Funcionó. Los Custodes salieron, la guardia se dividió, y el segundo huevo llegó al Pozo de Luz. Así se cierra la figura: el hombre que llegó tarde a todo — quince años tarde a su iglesia, un día tarde a los Buscadores — llegó puntual, muerto, a la única cita que Belial necesitaba. Los que lo mataron marchan ahora por el Infierno como condenados; si ese descenso tiene un norte además del contrato, quizás sea la deuda que lleva su nombre — el que el archivo apenas se atreve a susurrar.

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