Presentación
Saliendo del pozo, con la mitad de la compañía destruida y la otra mitad arrastrándose por el pantano de vuelta a Helix, hicieron el hallazgo más ominoso de la jornada: alguien había cargado en la mula, sin que nadie lo viera, vasos canopos de platino — los cuatro hijos de Horus, las caritas talladas en las tapas — con los restos de compañeros caídos adentro. Nadie los cargó. Nadie vio cargarlos. Ahí estaban, mecidos por el paso de la mula, con los muertos adentro. El mensaje corrió solo entre los vivos: cada vez que bajan, se parecen más y más a la muerte; se transforman; están perturbando lo que no debe ser perturbado.
Una acusación llegó después, ante el altar manchado de Helix: el Abad llamó a Silas “el hechicero del umbral que trajo las vasijas y abrió los cuatro vasos canópicos”. El archivo conserva la acusación; no la prueba. Quién talló esas caritas, quién embalsamó a los caídos con manos de orfebre en la oscuridad del Barrowmaze, quién eligió el platino — de eso no quedó registro. Solo la certeza de que los cuatro hijos de Horus guardan vísceras para el viaje de los muertos, y de que alguien, o algo, ya estaba preparando a la compañía para el suyo. Los condenados están hoy en ese viaje.
Ver también
- Silas — el acusado por el Abad de traer las vasijas y abrirlas
- Marco_NOV — el sacrificado del pozo, cuyo cuerpo nunca se recuperó
- Barrowmaze — los túmulos donde los muertos no se quedan quietos
- Set y Orcus — los señores funerarios bajo cuyo culto los vasos aparecieron
- los Condenados — el viaje para el que los vasos preparaban