Presentación

Silas —el papel de la primera fogata lo da como Silas Billington [¿grafía?]— fue el hechicero de la torre, el de los umbrales y las puertas: el joven ilusionista que sacaba el libro ante cada cerradura sellada, que dio vuelta la batalla de los ocho esqueletos desenrollando el pergamino de misiles de su maestro, y que en la sala del trono goblin puso el sueño exactamente donde dolía —sobre el trono— cuando todo parecía perdido. De todos los compañeros, era el que no dormía cuando los demás dormían. Por ahí entró la corrupción: el olor dulzón, los escritos oscuros, la marca en la cara, las tumbas profanadas de los túmulos. El pueblo de Helix lo hizo prender; en la celda de la iglesia lo visitó el demonio menudo de los pactos, y Silas negoció sin arrodillarse: “tranquilo, bichito, que yo también tengo poder”. Corrompió a los dos alabarderos que lo custodiaban, fugó en una noche sin luna, y volvió a la cabeza de una horda de muertos hasta la puerta misma del templo, con un deseo en la boca: conocer la sala de la Tableta del Caos.

Su muerte fue un sacrificio del camino del bien. Adentro de la iglesia consagrada, paralizado junto a los dos hermanos traidores —“Dios quiso que los tres fallaran”, se dijo después—, Silas fue el único al que no se juzgó digno de celda: el vicario le respondió “vas a morir antes”, y él y el clérigo Mortan lanzaron a la vez el conjuro que sujeta el cuerpo. La maza de irrupción le puso la cabeza contra el altar y un golpe seco le abrió el cráneo. Murió sobre el altar, con dos deseos sin decir y el alma ya comprometida —antes de conocer la ubicación de la Tableta_del_Caos—. Lo enterraron fuera del terreno consagrado, con unas palabras sobre el antiguo compañero, y entre sus libros quedaron escritos de demonios y tablillas de escritura antigua: “acá necesitamos un saneamiento”, dijo el Abad sobre su tumba.

La tumba no lo retuvo. Una noche apareció perturbada, y sobre ella el muerto había dejado escrito el nombre de uno de sus antiguos compañeros, como quien reserva un lugar. Días después, en un camino de noche, la compañía vio venir una procesión con antorchas, un enorme ataúd a cuestas y flautistas que no se veían; al frente, un comandante con una cara conocida deformada por un mazazo. “¿Por qué no me esperaron?” La corrupción lo había hecho heraldo de la oscuridad: creció como un esqueleto saliéndose de la carne, condujo contra los suyos a los muertos del cementerio de Helix, y repartió su beso de traidor —el beso que paraliza— entre los que una vez lo llamaron compañero. En esa batalla, la peor de la crónica, murió Mortan. A Silas lo remató el monje que había ocupado su lugar en la compañía: un bastonazo, y la cabeza rodó por el camino.

Ni entonces terminó de servir. Junto a esa calavera de cuencas vacías, esa misma noche, se mezclaron los cuerpos y se gritó tres veces un nombre: la calavera de Silas fue la puerta del pacto —sobre ella tomó carne la cabeza de Belial, y de sus deseos atragantados salió la deuda que condenó a todos—. El archivo lo guarda así: el primero de la compañía en caer del otro lado, y el umbral por el que cayeron los demás. Los que lo mataron sobre un altar terminaron, uno a uno, donde él estaba: entre los Condenados.

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