Presentación

En el valle de cuevas al sur del castillo del señor Caladan —las cuevas del caos, y de todas probablemente la más maldita— cuelga en lo alto una campana. Su badajo no es un badajo: es un péndulo de la muerte, y cada vaivén corta al medio a los que el culto tiende debajo. Los sacrificados eran los viejos de la aldea, los ancestros de la propia gente del valle; consumada la tercera campanada, las esposas del señor vendrían al festín a moler el hueso. La profecía que el archivo conserva es breve y completa: sonarán tres campanadas en tres días, y a la tercera campanada del tercer día se abren las puertas de medianoche — y la campana llama a los muertos.

La primera sonó sobre el funeral de Silas en Helix, resonando por todo el valle hasta taladrarle la cabeza a la clériga junto a la tumba recién cerrada. El Abad desplegó entonces el cuadro que siempre llevaba consigo —Caladan al centro, el señor de las panteras, el que porta las dos llaves, amo del reino de la bruma— y cambió la misión de la compañía con una orden que el archivo guarda entera: “Corten el badajo. Quiten la campana de ese lugar. Es la alerta.” Tres días de plazo y dos días y medio de viaje: un solo intento. Los Buscadores no podían acercarse —fueron compañeros de Caladan hace quince años, y él los vigila desde entonces—; los Condenados, ya manchados de cierta corrupción, podían pasar por debajo de toda mirada. Si lo lograban, el Abad llamaría a los del norte para acabar con el Caballero de la Muerte despertado en los túmulos del Barrowmaze.

La segunda campanada los alcanzó de noche en el bosque de Salazar, mientras descansaban al amparo del viejo druida que les había abierto el paso lateral a las cuevas. Segunda noche: la carrera ya se corría con el aliento en la nuca. Habían perdido los caballos en una atalaya tomada por esqueletos que peleaban con táctica de soldados, habían matado a una naga en el camino a la hora de las brujas, y todavía les faltaba el pantano de la bruja.

La tercera no sonó. La compañía entró de noche, vestida con las túnicas de tres cultistas muertos, y encontró el ritual en marcha: la campana en lo alto, el péndulo cortando gente al medio, varios cuerpos partidos y uno agonizando. Una cultista los ayudó desde adentro —la profetisa Basilia, infiltrada en el culto para impedir precisamente esa campanada, “que va a abrir un fin para esta tierra y serán todos muertos”—. Saltaron al ritual, la batalla fue cruenta, y el sacerdote maldito que oficiaba —un eco oscuro del patrón de Numa_Pompidio, refractado en clave de sangre— murió con casi todo su culto. El badajo quedó mudo. El mensaje que voló después con el cuervo del Abad cabía en cuatro palabras: “Frenamos la tercera campanada.”

Sobre lo que la campana iba a abrir, el archivo camina con cuidado. “Las puertas de medianoche” es una expresión que roza el Circuito de Medianoche —el mecanismo que meses después se abriría de verdad bajo Ardis_Vala, con otras llaves y otra detonación—, pero el archivo no prueba que campana y circuito sean el mismo dispositivo: conserva el parentesco sin fundirlos. Lo que sí anota, con la amargura de los balances, es esto: cortar el badajo fue la única misión limpia que la crónica les acredita a los Condenados. La campana calló, y el fin de esta tierra llegó igual, por otra vía, cargado por las mismas manos que la habían silenciado. Los que aquella noche saltaron al ritual están hoy entre los condenados.

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