Presentación

Barcock —también dicho Barcok Mo— fue el druida de la compañía: hombre del bosque de unos treinta años, pelo largo, un escudo de madera siempre en la mano izquierda, que oía el llamado de la naturaleza y se apartaba hacia los álamos más negros a escucharlo. En la primera noche del Camino Viejo fue el que se tiró al piso a tiempo cuando una masa negra —una de las panteras del señor de la bruma— saltó sobre él, y el que atizó un tronco encendido para quebrar el ataque. Fue el que leyó, en el marco de la gran puerta interior de la Ciudadela_Sin_Sol, el alfabeto de los árboles —el Ockman— y pronunció en voz alta el nombre de mala fama: Gulthias. Andaba con un oso a la zaga y sabía calmar a las bestias asustadas; con la piel acortezada por su arte, arrastró de los sobacos al enano tragado por un cubo gelatinoso sin quemarse las manos.

El bosque, sin embargo, tenía un doble suyo esperando abajo. En el jardín de hongos de las raíces, entre los seres ramoides que sirven a la Bellaca, salió a recibirlos un druidongo: una versión oscura de Barcock, casi sin nariz, la piel pútrida y acortezada, un druida desterrado ya muy comido por lo de abajo. “Vengo de parte de la Bellaca”, anunció, y los escoltó al corazón del culto. El archivo dejó ahí, sin resolver, el espejo: lo que Barcock podía llegar a ser si el llamado de las raíces se lo terminaba de comer. Y cuando en los túmulos se le apareció a Héctor la falsa hermana, para Barcock esa carcasa no era la hermana de nadie: era la señora de su viejo maestro druida, la única que lo había ayudado a formarse. La cosa que se viste de personas sabía a quién ponerse enfrente.

Después, el camino subió al norte y el bosque le pidió cuentas. En la morada del druida los recibió su maestro, Salazar, el señor neutral que administra sacrificios y no gusta ni del caos ni de la ley; interrogó a la compañía uno por uno por su equilibrio, cobró sus peajes de coleccionista, y sembró la pregunta grande señalando la estatua de un hombre astado: si entre ellos había uno que pudiera llegar a ser el rey del bosque. La misión los llevaba contrarreloj a las Cuevas del Caos, a destruir la Campana antes de la tercera campanada. Y algo en las Cuevas del Caos le cambió a Barcock lo que más quería: su oso, en el embudo de la puerta, se puso salvaje —dos garras y mordida, un ataque brutal impropio de un compañero animal—; “algo le pasó acá”, notó la crónica. La bestia leal empezó a torcerse hacia la fiera pura.

De su final el archivo dice poco y con dignidad. Barcock marchó con la compañía hasta la arena de Arden Vul, y allí, entre los que despertaron condenados, quedó su nombre en la última lista. Si el llamado de abajo lo terminó de tomar, o si murió siendo todavía el hombre del bosque que atizaba troncos contra las panteras, el archivo no lo fija. Marcha, en todo caso, entre los Condenados, con un doble de corteza esperándolo en las raíces y un oso que ya no era del todo suyo.

Ver también

  • La Bellaca — la reina de las raíces cuyo culto tiene un doble de Barcock por heraldo
  • Árbol Gulthias — el nombre del Ockman que él pronunció en la puerta
  • Ciudadela_Sin_Sol — la fortaleza en cuyo umbral leyó el alfabeto de los árboles
  • Héctor Risco — el otro hombre del bosque de la compañía
  • Bellaca — la que remató a la falsa señora del maestro druida
  • La Campana — el objeto de la misión contrarreloj a las Cuevas del Caos
  • Los Condenados — la marcha en la que el archivo lo pierde