
“Toda mujer que fue muy querida en su valle y muy perdida después tiene, en este mundo, un final que el cronista habría preferido no transcribir. Pero el oficio es el oficio.”
Para esta entrada el cronista lamenta no disponer todavía de lámina — no la ha dictado**, o la se conservó y el cronista no la ha encontrado, lo cual ocurre con cierta frecuencia y la mano no se ofende—. Conviene, sin embargo, anotar lo que el lector debería ver si la mano se decidiera: mujer joven sentada al pie de un árbol gris, raíces saliendo de los hombros, ojos completamente verdes, cabeza apenas separada del cuerpo. No la dibujen —si el lector siente la tentación de pintarla mientras lee, que la resista— porque a Bellaca dibujarla es invocarla, y en este punto los manuales son unánimes.
Su vida mortal: Lali
Lali —también oída Lili, y en las bocas del subsuelo Velasca— fue la más bella de Valdemora —epíteto que en su valle no se daba ligeramente y que ella ganó por consenso antes de cumplir los veinte—. Esposa del Barón Argus, el señor del castillo que hoy yace hundido en el barranco, terminó como concubina de Caladan —y en esa herida caben todos sus reproches posteriores: “Caladan me dio lo que tú nunca pudiste dar” no era metáfora sino contabilidad conyugal, dicha al marido que no estuvo—. Tuvo, brevemente, vida que las novelas conocen y los archivos no suelen consignar: casa, jardín, mañanas tranquilas, una rutina.
⚠ Registro anterior del archivo, a corregir (ratificación 17/07/2026): las capas que siguen la daban por esposa de Decio y le atribuían a él la cacería y el filo de la cripta. La ratificación fija: esposa del Barón Argus, concubina de Caladan. No se borran —el archivo no destruye sus propias capas—: se leen como palimpsesto.
Se perdió durante una cacería de Decio, en los días en que el valle todavía no se llamaba Valakhan y el aire todavía no se cerraba en bruma. Quince años después —contemos así— los Buscadores la encontraron en una cripta bajo las cavernas de la Ciudadela, corrompida y mantenida en un estado intermedio que el archivero del Plata describe, sin literatura, así: “una dormida que no estaba viva”. Hablaba en su voz —que Caladan reconoció antes que nadie—, pero al servicio de un nuevo señor que la rodeaba con dos figuras corpúgonas armadas de látigos; el archivero menos discreto que el cronista las llamaría erinyes; el cronista prefiere reservarse. La frase que pronunció al verlos —“no estuviste entonces yo tengo un nuevo señor”— sonó dirigida a Decio en lo literal y a Caladan en lo cósmico, lo cual es la calidad técnica del reproche.
La decapitaron con Decio presente, después de la frase decisiva que el archivo conserva en boca del marido: “Sabías que no estaba viva. Estaba en una dormida. Vamos a terminar esto.” El cronista, que ha aprendido a oír las criptas cuando la cronomancia lo permite, conserva la mecánica: Decio sostuvo el filo con las dos manos, Caladan le pidió un instante que Decio no le concedió, Lali abrió los ojos —por primera vez del todo, según la piedra—, dijo la única cosa que dijo en aquella cámara que el cronista no ha sabido transcribir sin temblar: “Sabía que vendrías a hacerme esto. Te perdono. Te he perdonado siempre.” Y entonces el filo bajó. Limpio, alto, ángulo recto al cuello. La cabeza no cayó hacia adelante.La cabeza miró a Decio durante el instante en que toda cabeza separada mira al que la separó —instante que la doctrina anatómica sostiene imposible y la cronomancia, en cambio, atestigua con regularidad— y después subió, flotó un palmo, dos palmos, tres, antes de que el cuerpo empezara su caída hacia el pozo. El verbo terminar, como el lector advertirá, no resultó exacto.
El error técnico de los Buscadores
Aun decapitada, el cuerpo de Lali siguió volando un momento —una respiración entera, según los testigos que respiraban; el cronista no se aventura a precisar más— antes de caer al pozo de abajo. La cabeza, en cambio, no cayó.La cabeza voló. Lo que los Buscadores leyeron como remate fue transición: el corte separó lo que la transformación necesitaba separar. De aquella decapitación nace Bellaca.
Bellaca
Bellaca es vampireza del subtipo cabeza-que-se-sale —Penanggalan lo llaman los manuales malayos, Krasue los tailandeses, Manananggal los filipinos: la cabeza separada del cuerpo, volando con vísceras colgando o sin ellas, conservando la voluntad de la mujer que fue—. La nomenclatura más amplia es la del cronista; el subtipo es uno solo. Lo que la distingue de sus análogos folclóricos: raíces que le crecen de los hombros y la anclan al árbol que gobierna. No es vampireza libre. Es vampireza-de-árbol: parte de un sistema vegetal mayor del que ella es avatar consciente.
La reina del árbol
Bellaca gobierna el Árbol Gulthias —rizoma del Árbol mayor que creció en la Forja Arcanum del nivel noveno del dungeon— sentada entre las raíces como en un trono de madera viva. Quien la ve por primera vez —el testimonio que el cronista cita es el de Héctor Risco, hechicero bisoño cuyo nombre se ha registrado por costumbre archivística y no por celebración— no la encuentra fea: la encuentra terriblemente seductora, de un modo que el archivero del Plata atribuye al residuo de la belleza mortal de Lali y el cronista atribuye, además, a la sintaxis vegetal del árbol que la sostiene. Ojos verdes completos. Voz dulce, casi tierna, especialmente al consagrar. Conserva memoria de su identidad mortal: reconoce a quienes Lali conoció, lo cual hace los reencuentros futuros más difíciles que los enfrentamientos.
La potencia que sobrevive a sus huéspedes
Conviene decirlo de una vez, porque la crónica de los Condenados lo volvió indisimulable: la Bellaca no es una mujer; es una potencia del árbol de armas que habita mujeres y las gasta. Lali fue la primera huésped: la esposa del Barón, tomada por el árbol, vuelta reina, boca y cosecha de un sistema vegetal que da armas como frutos. Cuando el cuerpo de Lali se deshizo, la potencia no se deshizo con él. Esperó.
Kira es la huésped actual. En la catedral vegetal de la Ciudadela_Hundida, la exploradora semielfa de los Condenados se ofreció al tocón —un compañero le prometió amarla también en otra vida y la decapitó; la sangre regó las raíces— y volvió con el cabello verde y la cabeza que se separa. El archivo lo consignó sin consuelo: “Kira ya no es Kira; ahora es Bellaca.” La cadena queda a la vista: Lali → el árbol → Kira —y nada indica que la cadena termine ahí—.
La oferta
A través del mismo Héctor —manipulado psíquicamente con la elegancia que en este oficio se atribuye a las arañas— Bellaca envió mensaje a la compañía:
“Tengo un mensaje para los que vinieron a buscar a los chicos. Deciles que no hace falta pelear. Deciles que tengo armas para todos. Que pueden ser mis caballeros. Los Caballeros del Árbol de Armas. Una orden nueva, consagrada por mí. No solo puedo perdonarlos. Puedo consagrarlos. Que se unan a mí y les voy a mostrar el camino a los tesoros detrás de la cascada.”
Ofrece, entonces, cuatro cosas: las armas-fruto del árbol (espadas, hachas, dagas, “cosas sin nombre” colgando de las ramas como peras maduras); la consagración a una orden nueva —los Caballeros del Árbol de Armas—; tesoros geográficos detrás de la cascada del barranco; y, en quinto lugar implícito, perdón por todo lo previo. El cronista advierte al lector que las cuatro ofertas son la misma oferta dicha de cuatro maneras, y que aceptar una es aceptarlas todas, y que el perdón implícito no se ofrece por necesidad teológica sino por economía de seducción.
A Héctor le entregó, como anticipo de la consagración, una espada corta negra con vetas latentes. El cronista, que ha leído tratados sobre las armas que aceptan al portador antes de ser aceptadas, no recomienda recibir nunca un arma así.
La paradoja del reencuentro
⚠ La primera de estas dos paradojas descansa en el registro anterior (Decio viudo). Ratificado el viudo real —el Barón Argus—, su premisa cambia de dueño; se conserva como capa del archivo. La segunda —Caladan— sigue en pie: él fue su pareja mortal y es el señor del dominio.
El cronista anota la cuestión y se retira sin resolverla: ¿qué pasará si Decio —viudo según el registro anterior— se cruza con Bellaca en la espesura? ¿La reconocerá? ¿Lo reconocerá? ¿Hablarán? ¿Habrá vencido el árbol a la memoria, o quedará en el verde de los ojos alguna luz que la voz dulce todavía sepa traer? No lo sabemos. El cronista, por una vez, prefiere no inventar el final.
Y aún más al fondo: ¿qué pasará cuando Bellaca encuentre a Caladan —señor del dominio que la engendró en su forma actual—? Pareja juvenil de Lali, darklord brumoso de Valakhan, vampirizado él también por la cadena de Malakita: dos vampiros antiguos que se conocieron mortales, enfrentados como pareja cósmica oscura del dominio mismo. El cronista no se aventura. Cualquier cosa que diga sobre ese encuentro estará, casi por definición, debajo de lo que el encuentro merecerá.
El pozo del sector goblin: el final de la primera huésped
Los goblins retrocedieron tras sus barricadas sin pelear, y del pozo —que baja mucho más hondo de lo que un pozo debería— subió una voz que Argus conocía: la voz de su esposa.
“¿Quién es el que vuelve tras tanto tiempo? ¿Quién es el que me ha dejado sin hijos, maldito?”
Se materializó entre plantas y costras vegetales, vampírica y vegetal a la vez —lo que había llegado a ser—, y con ella se corporizaron dos cosas reptiloides de dos metros diez que moldeaban hierros como jaulas alrededor del recinto. Le dijo al Barón lo único que le quedaba por decirle: “Caladan me dio lo que tú nunca pudiste dar.”
Argus no pudo levantarle la mano —era su mujer—. Ella lo abrazó y lo besó —el placer horrible del beso de su esposa— y le fue drenando la sangre y la fuerza mientras duró el abrazo, hasta que él se zafó. La desmembraron los otros: no hubo filo alto ni ángulo recto ni perdón; hubo un combate brutal y sucio, con los rayos de los demonios de por medio, y al final quedó de rodillas, cortada, sonriendo. Lo que dijo entonces no fue reproche: fue un dato y un pedido.
“Los chicos no están aquí: están con Caladan.”
“Den un fruto aquí y yo moriré feliz.”
Y de los que la habían acompañado hasta ahí, muriéndose a su lado: “Son mis amigos.” Del cuerpo no quedó nada que saquear: se disipó hacia abajo, hacia donde el pozo baja más hondo de lo que debería. El archivo anota lo que corresponde: en lo último que dijo no había una sola palabra sobre ella. Habló de los chicos, pidió un fruto y defendió a sus amigos. Se murió administrando. Y el pedido fue atendido por el peor jardinero posible: quince años después, el árbol volvió a dar fruto —y hubo huésped nueva—.
Vínculos
- Caladan — pareja mortal y señor cósmico del dominio que la sostiene; “el que le dio lo que Argus nunca pudo dar”; con él están los chicos
- Argus — el Barón, su esposo; el duelo del pozo era suyo (ratificado 17/07/2026)
- Decio_Balmora — viudo según el registro anterior del archivo; cazador desorientado en su propio valle
- Bellaca — la huésped actual de la potencia (gesta de los Condenados)
- Armas del Árbol — los frutos que la potencia entrega a sus caballeros
- Los_Condenados — donde la huésped actual siguió después de la carne quemada
- Mirela_Valka — rival amorosa frustrada de la juventud
- Árbol Gulthias — el rizoma vegetal que la sostiene
- Arbol_de_Armas_Principal — el árbol mayor del que su árbol es brote
- Forja Arcanum — donde el árbol mayor se cocinó
- RAJ-750 — IA semilla originaria del árbol
- Belac — druida custodio terrenal del Gulthias, subordinado a ella
- Ciudadela_Sin_Sol — cripta donde Lali estuvo “dormida”
- Valdemora — pueblo de su vida mortal
- Stejara — pueblo a cuyo barranco baja
- Valakhan_de_la_Bruma — dominio que la contiene
- Caballeros_Cicatriz_del_Sol — orden cuya simetría oscura ella ofrece
Apariciones
- Antes del cierre del dominio — vida mortal en Valdemora como esposa del Barón Argus
- Durante el hiato (años uno a quince) — desaparición; corrupción en cripta
- Jornada del rescate de los chicos — decapitación por los Buscadores; cabeza voladora
- Hiato tardío — formación como Bellaca, ascensión como reina del árbol
- Jornadas intermedias de los Condenados — descubrimiento por hechiceros; oferta de consagración
- Ciclo presente — aún reina; aún anclada; aún esperando los reencuentros mayores