Presentación

La compañía lo encontró al alba, sacando agua del pozo de la plaza de Stejara, con la espada larga al costado hasta para las tareas del pueblo: Héctor Risco, el guardabosque local, el único superviviente de los que habían bajado al barranco, el que ya no quería saber nada. Era el que sabía el camino y el que sabía cantarlo —cronista de taberna tanto como rastreador—, y hizo falta que la vieja herboristera lo empujara —“Héctor, no seas cagón. La aventura te vino a buscar. La tercera es la vencida”— para que volviera a guiar a nadie. Guió bien: bajaba primero por ser suya la cuerda, marcaba los peldaños seguros, llamaba a los demás de a pocos. Pero llevaba la mente bloqueada, y algo allá abajo lo sabía.

En la sala del trono de la Ciudadela, con la batalla ganada, Héctor se quedó mirando la luminiscencia violeta del pozo central. Algo lo llamaba; la memoria le golpeaba por dentro. Ante el grupo entero, saltó —y la crónica registró la frase que lo define: nadie sabe si es un poseído o el héroe de la historia—. Volvió cambiado, con los recuerdos enteros, una espada que brillaba medio negra crecida allá abajo, y el mensaje de la reina de las raíces, la de abajo: no hace falta pelear; ella solo quiere que bajen. Los compañeros discutieron si estaba encantado o poseído; lo cierto es que lo habían elegido de mensajero, y que él siguió caminando adelante igual.

El camino le cobró en lo que más duele. En los túmulos, en medio del combate, se le apareció su hermana, entregada, caminando entre los muertos, la mano alzada pidiendo ayuda; Héctor no pudo sino abrazarla para sacarla del medio —y era una carcasa, una cosa que se viste de personas, y Kira le quebró el cuello por la espalda ante sus ojos—. En la atalaya de la garra, un espectro de carne le hundió los brazos en las costillas y le chupó la vida, y mientras lo vaciaba iba tomando el propio rostro de Héctor bajo la túnica; lo salvó la carga colina arriba del oso pardo, y lo arrancado se lo devolvió el Abad en el cruce de caminos —“te veo mal, Héctor Risco”—. Cargaba el escudo con cabeza de dragón que el enano de la compañía le regaló, y en el bosque de su aprendizaje volvió a ver a su maestro, Salazar, el señor del bosque, que lo encontró más sabio que antes.

De su final, el archivo dice lo que puede. La crónica lo nombra por última vez combatiendo junto a la compañía —“soy especialista en matar este tipo de bichos”— y marchando con ella hacia las cataratas. Después deja de nombrarlo. Si estaba en la arena cuando el fuego de Belial bajó sobre todos, cayó con los Condenados; el archivo lo pierde de vista y no conserva su final. Queda la pregunta que lo acompañó desde el borde del pozo violeta, todavía sin respuesta: poseído, o héroe de la historia.

Ver también

  • Stejara — su pueblo; el pozo de la plaza donde la aventura fue a buscarlo
  • La Bellaca — la reina de abajo que lo tomó por mensajero
  • Bellaca — la mano que remató a la falsa hermana ante sus ojos
  • El Abad — le devolvió la vida drenada en el cruce de caminos
  • Barrowmaze — los túmulos donde los muertos le vistieron el rostro de su hermana
  • Los Condenados — la caída en la que el archivo lo pierde