
Presentación
Kira —también dicha Yuki— era la semielfa de pelo rojo carmesí que caminaba como gata: criada en el norte del bosque, sin encajar nunca ni con humanos ni con elfos, harapos, arco, y una desconfianza de fondo que solo se ablandaba con Klemidius, su compañero de asilo —se conocían de niños, se escaparon con años de diferencia del mismo encierro, y eran lo único cierto el uno para el otro—. Temía a las arañas y temía a la oscuridad, y sin embargo era la que veía en ella: en la primera noche de la crónica, en el Camino Viejo, fue su arco tenso en la penumbra el que salvó al campamento de las panteras. Aparentaba dieciocho años; la gente vieja de Stejara la conocía desde hacía bastante más.
El árbol la eligió temprano. Del árbol de armas de la Ciudadela_Sin_Sol recibió la flecha única —la punta como de colibrí, “muerte al dragón” inscripto en todos los idiomas—, la que no debería haber salido, la que cambiaba el eje del mundo. Y la muerte la rondó siempre sin quedársela: quedó del otro lado del umbral en el pozo de la calavera del Barrowmaze, pasó tres días en coma mientras la turba de Helix le preparaba el bosquecillo de las brujas, y volvió a caminar. En el camino a las cuevas decapitó de un solo golpe descomunal a una de las Caladas, las esposas pintadas de Caladan. Era la que moría y volvía; el archivo debió leer ahí la señal.
El sacrificio llegó en la catedral vegetal de la Ciudadela_Hundida, donde de los restos del árbol destruido había crecido otra estructura, vegetal y artificial a la vez, ligada a la Bellaca. El árbol exigió sangre y Kira se ofreció. Ante el tocón, un compañero le prometió que la amaría también en otra vida, y la decapitó. La sangre regó las raíces. Y Kira volvió —pero volvió transformada: el cabello verde, el poder vegetal, y una segunda identidad que no tardó en devorar a la primera—. El archivo lo consigna sin consuelo: “Kira ya no es Kira; ahora es Bellaca.” La potencia que habita el árbol de armas y sobrevive a sus huéspedes —Lali fue la primera— tenía huésped nueva.
Ante el tocón, la muchacha del asilo se da por amor y vuelve otra: cabello verde, poder vegetal, la Bellaca devorándole el nombre.
Lo que caminó desde entonces con la compañía fascinaba con la voz, mordía con fuerza monstruosa, se curaba consumiendo vida, y podía separar la cabeza del cuerpo: en las cavernas del acantilado, contra la vieja fumadora cuyo humo también descabezaba, la cabeza de Kira abandonó el cuerpo y mordió a la cabeza voladora de la bruja hasta destruirla. En la arena de Arden Vul empuñó la espada Bebedora de Vida, fruto del árbol, y la descargó contra el cuerpo de Mortan ocupado por el Papa —el arma nacida para herir la luz, despedazando el cuerpo del compañero por el que la compañía había entregado las almas—. Los Custodes la redujeron a carne quemada antes de que detonara el segundo huevo.
Queda la paradoja que cierra la crónica y abre la siguiente: se sacrificó cuando todavía tenía Esperanza. Bellaca devoró su identidad, pero no pudo borrar del todo el acto que la llevó al árbol —se dio por amor, no por condena—. Y la promesa dicha ante el tocón resultó literal: todos murieron, y siguen en otra forma. Entre los Condenados que despiertan en el Infierno, la pregunta de Kira es la más fina de todas: cuál de las dos baja —la potencia antigua que colecciona huéspedes, o la muchacha del asilo a la que alguien prometió amarla también en otra vida—.
Ver también
- Bellaca — la potencia del árbol que la habita; su historia completa (Velasca/Lali)
- Klemidius — el compañero de asilo; lo único cierto que tuvo
- Árbol de Armas · Árbol Gulthias — el sistema vegetal que la eligió y la reclamó
- Armas del Árbol — la flecha única y la Bebedora de Vida, frutos que pasaron por sus manos
- Mortan — el cuerpo del compañero contra el que descargó el arma del árbol
- Papa Alejandro Sixto — el ocupante de ese cuerpo en la arena
- Custodes Oculis Solis — los que la redujeron a carne quemada
- Ciudadela_Hundida · Ciudadela_Sin_Sol — el barranco donde empezó y donde se entregó
- Los Condenados — la otra vida que le fue prometida