Presentación

Klemidius Wartz era el ladrón callejero de la compañía: joven, delgado, blanquísimo, el pelo negro largo y grasoso, ropa negra, tatuajes rústicos como de celda, una cicatriz en la cara, la mirada vacía de un soldado que vio demasiado, y siempre un cuchillo encima. Muy carismático. Había nacido en buena familia, con dinero —un padre severo, medio milico, quizá condestable del pueblo—, hasta que un enjambre de polillas que lo cubrió de un polvillo gris y la desaparición del padre lo quebraron de chico; lo internaron en un asilo turbio, de doctores y electroshock, y escapó seis años después jurando que ningún pobre la pasaría mal por su culpa. Le robaba a los ricos con bronca de clase: un Robin Hood de estas tierras. La sangre de sus abuelos venía de Ritornello —el pueblo del retorno, la estrella próspera del valle— hasta que pasó “lo de las cenizas” y no quedó nada: la misma desolación gris que dejó sin carne a los muertos del barranco.

En el asilo había conocido a Kira. Estuvieron en la misma sala, se escaparon con años de diferencia, y eran lo único cierto el uno para el otro —ella le teme a las arañas, él a las polillas—. Vinieron juntos a Stejara huyendo de un robo que salió mal, camuflados en la caravana de aventureros que buscaba a los hijos perdidos de la terrateniente. Klemidius fue el que aseguraba las cuerdas del descenso, el que olía las trampas, el que se animaba de más: por eso lo mordieron todas las muertes del barranco. La sombra del sarcófago le drenó la fuerza de las venas para siempre; un espectro de las criptas le dejó anidado en el pecho un soplo frío que no se iba; un murciélago vampiro lo vació hasta cero y le costó la destreza de una pierna. Cuando el suelo se abrió bajo él y otro compañero y un destello los teleportó a una celda, su captor puso precio a la vida —dos compañeros cada uno—; negociaron a la baja y dieron un nombre: Marco, entregado por los suyos para que ellos salieran al tercer día.

Bajo la cascada selló además un pacto de su propia especie: con el elfo-troll Kerbog Khan, heredero mecánico de Ardis_Vala, se cortó y bebió su sangre babosa —los destinos quedaron atados, y la criatura sujeta: “escucho y obedezco… tío”—. Llevaba al cuello un amuleto con una K. La codicia y la supervivencia lo fueron gastando de a poco, robo tras robo, muerte tras muerte, hasta la noche que lo cambió del todo.

Esa noche fue el asesinato del Abad dentro de su propia iglesia —el hombre que les había dado de comer de su mano y quería redimirlos—. Por muerte y sacrilegio en el dominio, la marca lo alcanzó: le tocó la primera letra del alfabeto de la corrupción. Empezó a soñar criaturas feas al costado del agua, a oír palabras extrañas en un viento frío, y a cambiar de hambre: se le hacía agua la boca ante la carne fresca de los cadáveres —“yo nunca comía gente, amigo”—, y le asomaron los colmillos incipientes del carroñero. Lo que caminó desde entonces con la compañía ya no era del todo un hombre, sino algo de fosa que aprende a comer lo que otros dejan. Con esa hambre encima llegó, sobreviviente entre los Condenados, hasta la arena de Arden Vul y el fuego de Belial.

Ver también

  • Bellaca — su compañera de asilo; lo único cierto que tuvo
  • Ritornello — el pueblo de las cenizas de donde venía su sangre
  • Kerbog Khan — el elfo-troll con quien selló el pacto de sangre
  • Ardis_Vala — el megamundo-catacumba detrás de la cascada, ligado a su pacto
  • Marco — el compañero cuyo nombre entregó desde la celda
  • El Abad — el que quiso redimirlos y en cuya iglesia cayó la marca
  • Stejara — el pueblo donde entró a la crónica
  • Los Condenados — la compañía con la que llegó al final, ya carroñero