
Presentación
Ancho como una puerta, hachero y catador de cerveza, Brock era del clan Piedra Fría, de la casa Roxfield — un enano al que el tabernero respetó apenas lo vio, porque “los enanos hacen la mejor cerveza”. Rezaba al santo enano Mick Borgen de las Dos Hachas, y a las dos hachas se encomendaba también él: cuando bajaba con la compañía a los túmulos, era su filo el que abría paso. Contra el cubo gelatinoso que lo tragó entero, contra los ocho gules del umbral, contra el horror flotante de la despensa de huesos, siempre la misma respuesta — se le trepaba encima y lo hachaba “como a un árbol”. Fue él, y solo él, quien selló la alianza con los mestizos de abajo: entró a hablarles por señas, les regaló un hacha, y a cambio los mongrelmen le fueron revelando el mapa del laberinto en dos mitades.
Era minero de oficio, pero de los que se van: no quiso abrir nunca la mina de su familia. Treinta años había trabajado la piedra cuando un derrumbe extraño, hondo como una montaña, sepultó la zona donde vivían los suyos. Dio por muertas a su mujer y a su hija, cerró ese capítulo y salió al mundo con las hachas al hombro. No supo —tardó años en saberlo— que la niña había sobrevivido: la madre la cubrió con su propio cuerpo bajo los escombros y murió en el esfuerzo, y la hija escapó de entre las piedras y creció buscando al padre, aprendiendo lenguas de tanto preguntar por él.
En el corazón del Barrowmaze, entre las galerías de los muertos que no descansan, los gules llevaban puestas máscaras de mithril, el metal de los enanos antiguos. Brock se probó la más rica y la máscara se le ajustó sola a la cara: se le quedó prendida a la carne, máscara de muerte que protegía del último golpe y guardaba una condición que nunca terminó de averiguarse. Con ella marchó un tiempo más, tanque de la compañía en los peores embudos de los túmulos.
Pero a Brock no lo alcanzó el fuego del final. Una mañana, tras la batalla contra los muertos vivientes, los suyos entraron a su cuarto de Helix y lo hallaron vacío: se había ido en la bruma sin dejar más que sus cosas ordenadas — quería dejar una nota y no llegó a escribirla. De él, más tarde, el Abad solo pudo decir que se perdió en la niebla, que estaba vivo, que había ido al sur, que tal vez volviera. Y justo entonces llegó al pueblo su hija, Letizia, la que había sobrevivido al derrumbe, a ocupar el lugar del padre entre los andantes. El archivo anota una ironía sin subrayarla: de todos los que caminaron ese camino, Brock fue el que la bruma se llevó antes de la cosecha — se le perdió el rastro justo antes de que la compañía se volviera lo que se volvió.
Ver también
- Los Condenados — la compañía que integró hasta que la bruma se lo llevó al sur.
- Barrowmaze — los túmulos donde ganó la máscara de mithril y trató con los mestizos.
- Helix — la aldea de la que se fue una mañana sin dejar nota.
- El Abad — el que dio noticia de su rastro: vivo, al sur, quizá de vuelta.
- Klemidius · Héctor Risco · Kira — compañeros de las bajadas a los túmulos.
- Las Tablas del Caos — el macguffin que buscaban bajo la piedra.