
Presentación
Mortan era un joven de veintipico con una armadura que no le pegaba al cuerpo poco corpulento, sin arco ni espada: un bastón largo y un símbolo religioso. Cuando le ofrecieron el sol de la justicia eligió el otro costado —el del conocimiento y el destino—: la balanza, las plumas sobre un platillo y el corazón del otro, la cara de ibis. El señor Tot, el que mide. En el asilo lo habían visto curar a alguien, y por eso lo reconocían; vino a la crónica buscando respuestas. Fue el sanador de la compañía en el sentido más terco de la palabra: el que se jugó la sidra buena por un compañero al borde, el que desparalizaba a los suyos dedo por dedo, el que aprendía anatomía de los muertos a fuerza de bastonazos.
Fue también, cuando Helix se volvió tribunal, el único con pie para hablar. El vicario Otar lo nombró “sacerdote del día”, figura bisagra entre los presos y la institución: abogó por los suyos y pidió juicio justo; defendió a Silas diciendo que había sacrificado cantidades inconmensurables de sí para que los compañeros vivieran; y cuando la corrupción volvió por la puerta trayendo una horda, eligió —con Otar y un guardia arrepentido— el conjuro sincronizado que paralizó a los traidores. Casi como si dos voces sacerdotales convergieran sobre una misma palabra terminal, los tres invasores no pudieron resistirla. De la ejecución sobre el altar el archivo conserva dos versiones: una pone la maza en manos del enano, otra en las suyas. Las dos lo ponen en el centro del acto: el camino del bien, comprado con un sacrificio. El dios de la balanza habrá tomado nota del peso exacto. Después defendió a Héctor Risco ante la turba: retiró su lealtad de un brujo, no de todos.
La muerte lo encontró en la procesión maldita, cuando Silas redivivo salió al camino con su ataúd y sus flautistas invisibles: los espectros de las antorchas le fueron drenando la vida hasta la muerte absoluta —el sanador murió sin una herida que cerrar—. Y su resurrección fue el precio visible del pacto: sobre la calavera de Silas, en el centro de una estrella de cinco puntas, el nombre gritado tres veces, y el deseo formulado —revivirlo, deshacer los daños, “como si no hubiese pasado nada”—. Renació del polvo con un peso horrible encima: en el Infierno lo estaban esperando, y se lo dijeron. Desde esa noche, cada latido suyo era deuda ajena; la compañía entera había firmado con su cuerpo.
La ironía de la balanza se consumó en la arena de Arden Vul. El Papa Alejandro Sixto respondió al cebo del Abad profanado con un intercambio: ocupó el cuerpo de Mortan en la arena, mientras Mortan miraba desde el trono papal, frente al Pozo de Luz, el avance de los que llevaban el huevo. Con la boca de Mortan el Papa ofreció la última redención, y desnudó el rito entero: los protectores de Helix habían vuelto víctimas a sus protegidos, habían profanado al hombre que los salvó, y ahora debían destruir el cuerpo de su propio compañero —la debilidad por la que pactaron—. Atacar ese cuerpo completaba el círculo. La compañía respondió invocando a Belial, y las armas del árbol —la Bebedora de Vida en manos de la que fue Kira— despedazaron aquello por lo que habían entregado las almas. El dios de Mortan pesa corazones contra plumas: la crónica terminó pesando a la compañía entera contra el cuerpo de su sanador, y el platillo bajó.
Entre los Condenados marcha ahora el clérigo dos veces cobrado —una por los espectros, otra por el diablo—. Si la balanza sigue existiendo del otro lado del río, nadie está mejor entrenado para mirarla sin apartar los ojos; y nadie carga una pregunta más suya: qué pesa más, el bien que se hizo con las manos o el mal que se pagó con el cuerpo.
Ver también
- Silas — el brujo que defendió, ejecutó y volvió a encontrar en el camino
- Papa Alejandro Sixto — el que habló con su boca y peleó con su cuerpo
- Belial — el acreedor de su resurrección
- Pacto de los Nobeliares — el contrato cuyo precio visible fue él
- El Abad — el que lo puso a elegir entre exorcizar a los suyos o acompañarlos
- Vicario Otar — su colega del santuario
- Bellaca — la que descargó el arma del árbol contra su cuerpo
- Héctor Risco — a quien defendió ante la turba de Helix
- Tot — el señor de la balanza, el de cara de ibis
- Los Condenados — la marcha que sigue a la segunda cobranza