Presentación

El Árbol de Armas volvió a dar fruto. El archivo lo nombra de cuatro maneras —cabeza, fruto, huevo, bomba— y las cuatro son el mismo objeto: una masa viva, densa, casi radiactiva, tan pesada de llevar que ni una bolsa mágica la disimulaba del todo. Era el par del arma que hizo las cenizas de Ritornello: la bomba devoradora de carne que quince años atrás dejó entre cuatro mil y seis mil muertos y la desolación gris que todavía marca el valle. En la otra crónica un posadero había soltado su ley con la tranquilidad de los que saben: donde hay un huevo siempre hay dos. Faltaba uno. El árbol lo dio.

Lo dio a cambio de sangre. En la Ciudadela Hundida, sobre los restos del árbol anterior, había crecido otra estructura —vegetal y artificial a la vez, ligada a la Bellaca—, y ante su tocón Kira se ofreció: un compañero le prometió amarla también en otra vida y la decapitó, y la sangre regó las raíces. El árbol entregó entonces las dos armas oscuras y el fruto, y Dieter terminó de exponer el encargo completo: el mundo es una prisión, el Papa su carcelero, y el Pozo de Luz el punto exacto donde el arma debe entrar.

El huevo hizo su propio camino de manos. En la encrucijada de las cavernas, la naga lunar fascinó a la compañía, descubrió lo que cargaban y exigió lo más preciado a cambio de los ojos sortianos que abrían el paso: los Condenados le entregaron el huevo como garantía, y ella prometió custodiarlo. Recuperarlo fue el precio que puso Nerub_Null para creerles, y fue en la corte de Lady_Deino donde la masa pesada volvió a sus manos —junto con el plan que la necesitaba: la distracción de la legión, el comando hacia el Pozo, las dos llaves, la plataforma de fuga.

Detonó cuando ya no quedaba nadie para huir. Mientras la arena de Ardis_Vala se comía a la compañía entera —Bellaca reducida a carne quemada, los demás despedazados por la luz—, la tierra vibró: el huevo llegaba al Pozo. Entonces el Pozo de Luz reventó, el recinto se partió y el Circuito de Medianoche entró en funcionamiento: donde estaba el cerrojo se abrió una vía planar, una proyección hacia una ciudad helada o un mundo extraño. El huevo abrió el mundo — y por la brecha se fugó Belial, que había armado toda la máquina desde el pacto para exactamente eso.

Queda la bifurcación, que el archivo conserva sin resolver. Las dos tradiciones del artefacto no dicen lo mismo: el huevo de la otra crónica corría con una cuenta regresiva y hubo quien no quería detonarlo sino eclosionarloPsalor_Ki lo anunciaba como una natividad, el huevo que hará nacer no solo ranas, sino al primer ser y al último, la puerta de un mundo nuevo. El de los Condenados no nació: detonó. Nacimiento y aniquilación conviven en el mismo objeto como las dos caras de un fruto, y el archivo no las funde. Lo que sí asienta es el saldo: el primer huevo hizo las cenizas; el segundo hizo la brecha; y los que lo cargaron hasta el Pozo pagaron con todo lo que tenían. Están entre los condenados, y su descenso empieza donde el fruto terminó.

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