Presentación

Lo vieron por primera vez al fondo de un pasillo del quinto grado del mundo-mazmorra, ante las puertas de obsidiana: dos metros y pico de silueta legamosa, olor a pescado, los cuernitos antiguos de los visitantes de las estrellas. Habló en la lengua de los rudishva y después, cambiando de idioma como quien se afloja el cuello, preguntó lo único que le importaba: «¿Me trajeron el huevo?». No quiso decir más ahí. No le gusta hablar en ese lugar de muertos humanos —así lo entendieron los Buscadores—, y en vez de discutirlo dejó tras de sí un rastro fosforescente hasta su morada, confiado en que lo seguirían. Lo siguieron.

Doblando la esquina lo hallaron lánguido en un canapé, botitas altas y aire de dandy, con una biblioteca detrás cuyos tomos no eran de papel sino de cristal, ilegibles sin el artefacto que los lee. Habla de sí mismo como un varado más: el Señor de la Arena es primo suyo —«era el entretenedor de la nave, y miren en lo que se convirtió: un lanista de una arena primitiva»— y él no recuerda del todo cómo terminaron aquí, aunque sabe muy bien qué hace mientras tanto: «Tengo que experimentar con esta vida primitiva y hacerla evolucionar, para que nos ayuden a volver a las estrellas». Su oficio no es el de las armas ni el de los módulos de destrucción: es un técnico de la carne. Su templo, marcado con una estrella junto a la gran grieta, es un matadero de licor primordial púrpura donde las cubas humean y los prisioneros esperan vivos su turno bajo la estatua de una marilith.

Del huevo no dijo mentiras. Con las cámaras hiperbáricas alcanzó a estirar lo poco que quedaba del contador —de horas a veintinueve días, primero en los números de las naves y después convertidos a la cuenta arcóntica—, pero no puede destruirlo, y cuando llegue a cero cree, sin haber calculado bien el radio, que el orgánico fenecerá en todo Ardis Vala y que después todo quedará más limpio. Su encargo a los que lo escucharon fue el mismo que su deseo: busquen las llaves y las partes de los módulos; yo también me quiero ir a las estrellas. Y su invitación, cuando volvieron armados, fue de una cortesía atroz: «Traigan a todos los que quieran a comulgar, porque la carne será limpiada».

Los Buscadores rompieron el santuario, mataron a su guardiana y le dejaron el laboratorio en ruinas. El archivo no conserva su final: de él quedan las cubas, los tomos de cristal —entre ellos el pergamino de los Grilletes de Écate— y la duda de si el huevo lo tuvo alguna vez de veras. En boca de los Buscadores el nombre se oye Salorquí; así lo repiten las gacetas del valle, y así hay que buscarlo si se lo busca por el oído y no por el archivo.

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