Seis brazos, seis filos, y un revestimiento que no era armadura sino sentencia: obsidiana, el vidrio que nace del fuego y corta como el rencor.

La mano la levantó de cuerpo entero: los seis brazos abiertos, la cola de serpiente enroscada sobre el estanque de icor, y el revestimiento dibujado con sus juntas a la vista — y con las lascas donde el vidrio saltó. Katana, estilete y flagelo en tres manos; una cuarta, abierta y vacía, que es la que inquieta. Detrás, las puertas de obsidiana. La cara es de alguien que está recordando un nombre.

Presentación

Los Buscadores de Ardis Vala la conocieron como la guardiana del huevo: la torre de seis brazos con cola de serpiente que danzaba katana, estilete y flagelo sobre la fuente de icor del templo del licor fundamental, interpuesta entre Psalor_Ki y cualquiera que viniera por lo que esperaba bajo el icor. La vencieron. Y cuando cayó, el huevo y el contador desaparecieron, y se escuchó una voz — de la cual el archivo no conservó ni las palabras ni el dueño. El cronista vuelve ahora sobre ese hueco con una sospecha: quizás la voz era de ella.

Porque una Marilith no muere donde la matan. Los tanar’ri destruidos fuera del Abismo no se extinguen: regresan a su plano, más pobres, más lentos, y —en los casos que importan— más rencorosos. La de Obsidiana regresó. El archivo la da por viva en el Abismo, reuniendo lo que perdió, y anota la anticipación con la sobriedad de quien ha visto volver otras cosas: querrá volver. Con hambre de poder, y con una venganza que no distingue — contra el cosmos en general.

El Coliseo de las Pesadillas

Su servidumbre en el templo de la grieta no fue la primera. Antes de guardar huevos ajenos, la Marilith de Obsidiana fue una dominada: peleó bajo la voluntad del Gran Khan de las Pesadillas — la forma de dos cabezas que el archivo registra como el doble vrock — en el coliseo donde las pesadillas se lidian como fieras. De esa era le queda el revestimiento: la obsidiana que la cubre no se la puso ella. A los campeones del coliseo se los viste; a los que sobreviven demasiado, se los sella.

Cómo pasó de la arena del Khan al santuario de Psalor_Ki es una de las cuentas que el archivo no ha podido saldar del todo — pero sí sabe el mecanismo: fue invocada por su nombre verdadero. Así se ata a los de su estirpe: no con cadenas sino con sílabas. Quien conoce el nombre verdadero de un tanar’ri lo llama, lo dobla y lo pone de guardia donde quiere — y el demonio guarda, danza y muere en servidumbre ajena, cultivando entretanto la única propiedad que la invocación no confisca: el rencor. Su linaje entero ha sufrido por los nombres averiguados, anota el cronista, y esa es la clase de deuda que un linaje no olvida.

El archivo agrega ahora una pieza al expediente del revestimiento: las placas de vidrio negro que la cubren se forjaron —o aparecieron— en los Pozos de Basalto, el vientre volcánico del país del hielo ardiente, el mismo del que salió la hoja que mató a la Dama del Dolor. A los campeones del coliseo se los viste; el sastre, se ve, compra siempre en la misma casa.

Entre una servidumbre y otra hay además un hilo común, y es el material: las puertas de obsidiana ante las cuales Psalor Ki se dejó ver por primera vez, y el vidrio negro que ella carga en el cuerpo. En este archivo, la obsidiana nunca es casualidad: es el material de los umbrales que no deberían abrirse — y de las llaves que los abren igual.

Lo que dejó

  • El santuario roto y el laboratorio en ruinas — obra de los Buscadores, no suya.
  • El hueco de la voz en el registro de la caída del huevo.
  • Y una deuda que corre hacia adelante: el archivo no fecha los regresos del Abismo, pero tampoco los descuenta.

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