Presentación

Cuando la bruma se disipó y la vista élfica alcanzó el valle, lo primero que se entendió fue lo que no había pasado: las casas estaban intactas. Ni un techo caído, ni un muro reventado, ni un incendio. Fue una bomba que no destruye estructuras — de las que descarnan todo lo vivo en una milla.

Lo orgánico se disoció. Cuerpos, telas, maderas, todo lo que estaba hecho de carbono: un pacto que la materia no debería aceptar. Quedaron las cerámicas y los metales, y los edificios se derrumbaron sobre las vigas ausentes. Ni una araña. Solo sombras proyectadas contra las paredes, en el lugar exacto donde había estado alguien. El compañero que subió al alba a mirar con sus propios ojos vio un carro abandonado y olió ceniza, y el fantasma del viejo puesto de vigía —el que al fin podía descansar, porque le habían restituido su relicario— señaló el humo antes de irse: nunca había visto eso. Vendrán a increpar y maldecir toda la región. Porque los aventureros que murieron escucharon un solo nombre: los Buscadores buscaron su muerte. Cuídense. Yo sé que ustedes querían el bien.

Después hubo que releer la gaceta. El pliego decía: Ritornero, puerto fronterizo seguro, principal asentamiento civilizado de la región y punto de entrada para la mayoría; fundado hace cerca de tres siglos; gobernado por el barón; mil quinientos habitantes, muchos semihumanos. Eso ya no existe como lugar habitado. Y del recuento salió lo intolerable: quedan mil quinientos fantasmas que seguirán matando y sumando, y la cuenta apunta a una cifra que los Buscadores ya habían oído en boca de un heraldo-calavera — el millón doscientas mil. Entre los servidores de la orden había quienes tenían familia afuera: no quedó nada. Y uno de los no-vivos del grupo se desencajó, porque Ritornero era el pueblo del que él venía y sus padres estaban allá, almorzando. El objeto que diste a cambio aquella vez fue la destrucción de tu pueblo.

Esta es la caída de Ritornello, que la región llama lo de las cenizas, y que los Buscadores cargan porque el arma salió de sus manos: se la entregaron a los trolls a cambio de una alianza, y los trolls la usaron. La mecánica del disparo la fue armando el archivo después: Kerbos Khan, el hechicero de los autómatas, operando desde la sombra para no ser buscado ni por el imperio ni por las escuelas de magia; los Varumani destruidos como castigo cósmico por haberla tenido; el propio Khan sobreviviendo a la castración de las máquinas y terminando de servidor de los dragones, «el elfo troll». Y el asiento del índice, ordenado y frío, con el nombre de los responsables.

Y la bomba era una de dos. Falta una.

⚠ Lo que este acontecimiento fija, además, es el reloj. Carad_de_Teyber habla de «tras la caída de Ritornello hace quince años», y el valle entero cuenta desde ahí: el hiato, los dos viajeros que perdieron exactamente tres lustros, la repoblación interrumpida, el camino imperial roto. La caída de Ritornello es la bomba que se ve caer en esta gesta. Por lo tanto, la crónica de los Condenados transcurre unos quince años después de la gesta de los Buscadores: no son dos mundos, es el mismo valle con quince años de sombra encima. Los que hoy bajan a los túmulos de Helix están caminando sobre el silencio que dejó un huevo que otros entregaron.

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