
Presentación
Bajaron sin nada. Los priscianos no los habían matado: los habían escaneado uno por uno y los habían desvalijado por completo — armas, anillos, capas, bolsas, el oro y las gemas —, y los habían escoltado hasta la superficie en ropa interior, con cinco monedas cada uno, por simpatía. Al único que le dejaron algo fue al templario, que ofreció duelo a muerte antes que entregar el hilo de su mujer; el archivo consigna que el último romántico conmovió incluso a los hechiceros. De todo lo que los Buscadores habían juntado en veinte gestas quedaron siete perlas, un silbato de hueso, flechas sin encantar y un retoño. Volvieron a la biblioteca, contaron que estaban todos vivos, y alguien dijo que eso era la victoria. Aprendamos a ser humanos.
Después vinieron a decirles que Helix ardía. Habían atacado de noche, del pantano, con algo peor que zombis dirigiéndolos, y casi entraban a la iglesia; el abad había partido de urgencia al sur porque a los Condenados —el grupo de aventureros que él mismo había mandado a una misión— el ataque les había quedado grande. Los Buscadores no esperaron. Bajaron a los túmulos, siguiendo el rastro de la partida anterior, hasta el más viejo, el que tenía marcada la boca y donde los Condenados habían dejado cuerda y polea. Cruzaron primero la cripta de las cabezas de piedra en sus nichos, y una de ellas era una elfa negra que había sufrido: nunca la mires demasiado de costado — le decían una Ariadna. Uno de ellos, que hace años busca a una mujer con ese nombre entre falsas Ariadnas, la miró y no dijo nada. Bueno: descendemos al infierno.
Diez o quince metros por la polea, al mausoleo que los mapas llaman el número doce. Un dungeon clásico, saqueadísimo: un pasillo, celdas con las puertas rotas, pedazos de serpientes muertas. El elfo iba tocando la piedra buscando puertas secretas; el paladín, sin infravisión, dependía de la antorcha. En una sala de pilares, con un corredor muy largo al norte, les llegó el olor.
Venían por el pasillo: carne y hueso mezclados. Adelante, cuatro ghasts; detrás, los gules. El montaraz abrió con el arco. El paladín repartió tajos de katana y llegó a pelear a dos manos con la antorcha encendida, y mató a uno. Pero el hedor obligaba a resistir y las garras paralizaban, y la parálisis se fue encadenando: uno, después otro, después el tercero. Siete golpes en un instante contra el último que quedaba en pie. Los cuatro Buscadores quedaron paralizados en la oscuridad, y los gules se les vinieron encima y se los comieron. Estaban despiertos. El Narrador corrió un velo sobre la escena y no hubo milagro: no lo hubo porque no lo hay — se rompería el mundo. Los que habían negociado con un archimago tres veces, liberado al primer Khan de los elfos de un ataúd de luz y visto una ciudad descarnada desde un puesto de vigía, murieron sin épica, a cien metros de la entrada, en un pasillo saqueado.
Y sin embargo el mundo no se apagó con ellos. Quedó: Helix defendiéndose con el abad y con los Condenados, que son una docena y a los que los gules no les hacen mella; el retoño del árbol de armas plantado en secreto bajo la vigilancia de un druida, en el borde de las cuevas del caos; y el castillo de huesos creciendo al sur, sumando salas. El valle cambió de manos sin enterarse.
Y queda la imagen final, que el archivo pone acá porque es donde ocurrió y no sabe explicarla: en el momento exacto en que los Buscadores mueren, entra la barcaza de la Jabalina por el precipicio. El mismo río; el mismo instante. Cuatro hombres son comidos en la oscuridad de un mausoleo y, en la misma respiración, río abajo, una nave que ya fundó un mundo entra por el tajo. El archivo no dice que una cosa cause la otra. Dice que fueron a la vez, y que eso, en este archivo, nunca fue casualidad.
Ver también
- La_Jabalina — la barcaza que entra por el precipicio en el instante exacto en que mueren
- La génesis de Sogol en el Ucronos — lo que la Jabalina ya había hecho, y lo que hará después
- Rio_Ucronos — el río que conecta el precipicio con el Caldero; el mismo río, siempre
- Los Condenados — los que heredan el valle; ~15 años después, su crónica
- Barrowmaze — el laberinto de los túmulos donde los Buscadores terminaron
- Helix — el pueblo que ardía la noche anterior y que sobrevivió sin ellos
- El castillo de huesos — lo que quedó creciendo
- Buscadores_de_Ardis_Vala · Compania_de_Ardis_Vala — la compañía que termina acá
- Priscians — los que los dejaron sin nada y por eso bajaron con equipo de principiantes
- Valerio · Decio_Balmora — dos de los cuatro que bajaron
- Papa_Alejandro_Sixto — el que quedó con el mundo, y con la biblioteca
- SOGOL — lo que empieza donde esto termina