Presentación

En el mosaico-observatorio de los Salones de Thoth, donde se lee la región entera como quien lee un cielo, alguien alzó la vista y dijo la frase que quedó: «Está creciendo el castillo de huesos, señor.»

No lo construyeron. Crece. Es lo único que el archivo afirma de él sin dudar, y es lo que lo vuelve distinto de cualquier otra fortaleza del valle: los castillos se levantan, se sitian, se toman; este se agranda solo, y todo el que lee el mosaico entiende lo mismo — que un ataque inmenso se está preparando y que el castillo es su reloj. Se alza en la tierra de Caladan, al sur, allá donde el viejo tabernero recuerda que hubo un anfiteatro natural con cultos extraños antes de que pusiera el castillo el señor que no se nombra, y donde dicen que las campanas eran péndulos que cortaban gente al medio. Cuando el señor lo vio por primera vez, de vuelta de la ceniza y con la niebla siguiéndolo por el camino, no supo si lo estaba viendo o recordando: lo llamó el Castillo de la Pantera.

Los últimos Buscadores juraron en una taberna que iban a sacar de ahí al innombrable. Algún día vamos a sacar a ese innombrable de su castillo. Seremos nosotros. No fueron ellos. Cayeron a dos jornadas de camino, en un mausoleo, sin haber visto nunca las agujas de cerca. Y esa es la última noticia que el archivo tiene del castillo de huesos, y por eso lo consigna: quedó creciendo. No hubo asalto, ni asedio, ni final. La gesta se apagó y el castillo siguió sumando. En algún lugar del valle, mientras se leía esta línea, tenía una sala más.

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