
Las manos son manos que curan. Eso es lo importante.
Lo retrató con las palmas abiertas y encendidas, y con el escudo todavía clavado por las dos flechas del umbral — la mano se negó a limpiarlo. Al cinto, el martillo y el cincel de los dabus: herramientas de construir que en la primera jornada hubo que usar de otro modo.
Presentación
Lucio era un chico de buena familia que se escapaba al Callejón, hasta el día — hace doce años — en que el Callejón se volvió su única familia. Ese día pasó lo de la hostia: un beso de lo sagrado que le cambió el cuerpo de golpe — la piel morena volviéndose extrañamente luminosa, los ojos ganando un brillo que no se apaga — y que le costó todo lo demás: la casa, el templo de su infancia, el apellido. Se fue a la calle transformado en aasimar y en enigma, y la calle, que de enigmas sabe, lo adoptó.
Durante años no fue más que uno de los cuatro del Gatehouse: el que vestía túnicas y sandalias de peregrino planar, el que olía a intemperie, el que curaba raspones con las palmas. Hasta que hace poco alguien lo reconoció — vos sos el niño que estuvo ahí — le miró las manos, y dijo la frase que Lucio llevaba doce años esperando sin saberlo: las manos son manos que curan. Desde entonces se instruye en el oficio sagrado, y su dios tiene nombre: Ashtar — el nombre que se pronuncia bajito, el del único dios que, dicen algunos, nos dejó algo de las cenizas. Tan celoso es ese vínculo que ninguna otra deidad puede curarlo: Lucio es de un solo dios, o de ninguno.
La gesta viva lo llevó — lo fue llevando, dirá la crónica cuando pueda — hasta un templo muerto en un país de hielo, y ahí Lucio hizo las tres cosas por las que ya se lo recuerda: sostuvo el escudo en el umbral de su propia herencia mientras dos flechas se clavaban a la altura de sus ojos; rezó en mitad del hierro y el templo respondió, concediéndole lo que no había pedido preparado; y con el símbolo en la palma abierta dijo la palabra — ¡vuélvete! — y hombres hechos y derechos giraron como veletas. Pelea, cuando pelea, con las herramientas que los dabus olvidaron al pie de un arco: un martillo y un cincel, que en sus manos se sienten extrañamente bien equilibrados.
Vínculos
- Ashtar — el dios de las cenizas; el suyo, y de nadie más
- El templo de Ashtar del Hielo — la herencia que defiende desde el primer día
- El Arco del Todavía No — de su pie levantó el martillo y el cincel
- Uken — el maestro planar que le habló de herencias
- Adriel · Dandy · Lem — sus compañeros del Callejón
- SOGOL — la ciudad; el evento de la hostia pertenece a sus secretos de calle
Apariciones
- Gesta viva de Sogol, primera jornada — el umbral, las dos flechas, la plegaria respondida, el mandato.
Casas del ciclo · ♌ ✋ A los elegidos se los imagina con trompetas; a Lucio lo eligió una hostia y lo dejó en la calle, que es la manera que tiene lo sagrado de elegir en la Colmena. Doce años después, un templo muerto le devolvió la plegaria en mitad del combate — porque cien años de abandono no gastan la memoria de una casa, y hay puertas que reconocen al dueño por cómo sangra defendiéndolas. — glosa del Decadiano.