Lirio

«No tienen que ser utilizadas para resolver cuestiones de los hombres.» — sentencia de Lirio sobre las reliquias, recogida en los registros templarios

De cuantos hombres armados ha visto pasar este cronista, pocos encierran una contradicción tan instructiva como Lirio: «un tipo grandote fornido», de pelito corto y «cara de buenazo», «un tipo sencillo» — y sobre ese cuerpo enorme y benévolo, hierro suficiente para una guerra entera. Vino del reino de León, en España, la misma comarca que dio a Alexio, y llegó siendo templario de su Dios. Ya no lo es del todo: renunció a esos poderes, y de esa renuncia trata lo que sigue.

El hierro que carga

Viste ropajes de cuero marrón y lleva dos armas de porte: «una tremenda espada que cae por su costado izquierdo» y «un tremendo mandoble cruzado en la espalda». La espada es bendecida, pero su bendición no es un estado sino un recurso: puede estar «activa» o no, y hay que preguntarlo en medio de la acción, señal de que se agota o se sostiene según algo que los registros no nombran. En la capa, esferas grises «para tirar y explotar».

Otras jornadas lo muestran cubierto con «esta tremenda armadura», placas completas de una flexibilidad que se amolda al cuerpo sin obstaculizar el movimiento — cosa que ningún herrero de los hombres explica. Se lo ha visto también con la armadura de toro y el cinturón de serpiente, y su figura admite deformaciones por lo que carga: con el Casco de Opposite Alignment y las alas de gárgola queda con «cabeza de rana y alas de gárgola», estampa bestial que convive mal, o quizá demasiado bien, con la cara de buenazo. En combate apareció una vez como «un ser gigante que tiene el hilo dorado»; que nadie lea en eso una talla natural: fue agrandamiento transitorio, compartido por otros de la compañía.

La norma del mandoble

Aquí está el corazón del hombre. Lirio nunca usó el mandoble para matar a otros combatientes: solo contra criaturas que no pertenecen al mundo. Y de las reliquias sostiene lo que abre esta entrada. Todo su equipamiento lo dispone para la guerra; sus dos normas le restringen el blanco a lo que está fuera del mundo. Dentro del grupo templario esa vara no es opinión decorativa sino límite operante: tiene voz en las negociaciones y decisiones, y se le cede la palabra — «dejalo hablar a Lirio», quedó dicho.

El juramento

Su vínculo con lo divino cambió de raíz. Renunció a los poderes de su Dios y se forma ahora como Paladín de Cronamón, hijo del dios del tiempo, tras jurarle al padre de Cronamón que iba a cuidarlo y a ser protector de su hijo. Medítese lo que eso significa: cambia de fuente de poder y de destinatario de lealtad, y ata su maestría entera a un dios en formación. La potencia física deja de ser propia y pasa a ser custodia de otro. Un hombre hecho para golpear se convierte, por juramento, en escudo.

La plegaria de la espada

De la espada bendecida queda dicho que su bendición se pregunta en medio de la acción, que está «activa» o no. Lo que los registros no nombraban lo nombra una plegaria que el archivo atribuye a Lirio y que no se conservó entera: llegó de a una estrofa, pegada a cuatro cosas: la espada del anaquel del Santa Sanctorum en Jerusalorium, el herrero de esa ciudad, la caída del casco maldito en las afueras de París, y el reloj del final. «Que vuelva la chispa antigua, / que el acero vuelva a arder, / no por gloria ni por bronca, / sino por volver a ser.» La chispa salta «aunque sea una nomás», y la espada, dice la cuarta estrofa, «nunca dejó de rezar». El poema nombra a Lirio en tercera persona; si lo escribió él o lo escribió otro por él, el archivo no lo cierra. Se sigue en Plegaria_de_la_Espada y en la antología de los Paladines_Poetas.

El pichicío

Lo acompaña un animal único, el pichicío, «un perrito tipo» pequeño que se duerme entre sus piernas; a veces se lo llama y a veces se lo ve. Este cronista lo anota junto al juramento de protección y la cara de buenazo, porque pertenecen al mismo registro del hombre: el que cuida. La armadura de toro, el cinturón de serpiente, el casco que le da cabeza de rana y las alas de gárgola pertenecen a otro registro, acumulado y bestializante, y cómo se articula uno con otro es cosa que los registros no establecen y este cronista no va a suturar.

Reservas del cronista

Quede constancia de lo que no se sabe. No consta qué Dios era el anterior de Lirio ni qué poderes concretos entregó al renunciar. Las voces del archivo no permiten decidir si sus armas de porte son dos o tres — la espada bendecida, la «tremenda espada» del costado izquierdo, el mandoble de la espalda — ni cuál de ellas carga la bendición, ni qué la activa o apaga, ni cuánto dura. No se dice cuántas esferas grises lleva, ni su alcance, ni si se reponen. Del origen de la armadura de toro, del cinturón de serpiente y de las alas de gárgola nada se explica, ni si la armadura de placas de flexibilidad sobrenatural es esa misma pieza u otra. Del pichicío no se registra qué criatura es ni de dónde salió. Y la pregunta más filosa queda abierta: qué cuenta, a los efectos de su norma, como «criatura que no pertenece al mundo». El que quiera saberlo, que se lo pregunte a Lirio — y que lo deje hablar.

El montículo en el país del Hielo

Aquí los registros dan un salto que este cronista no va a disimular. Mucho después de la fase templaria —su último recuerdo, dice, es la explosión de Notre-Dame—, Lirio reaparece en un país de hielo ardiente, saliendo de un montículo de nieve cerca de la tumba de un templo muerto, con la armadura antigua cubierta de escarcha y óxido, quemaduras, señales de asfixia, hambre y desorientación: un hombre que estuvo en hibernación donde nadie sobrevive, y que se levantó como si le hubieran clavado adrenalina en el pecho. Lo encontraron cuatro muchachos de Sogol —Adriel, Lucio, Lem y, de lejos, Dandy— que lo abrigaron y lo alimentaron sin exigirle prueba alguna, y su orden quedó relacionada con las listas de desaparecidos de la ciudad y con la historia de la catedral.

Se presenta ahora como templario de una divinidad temporal que oyeron como Cristocronamón —Cristo, Cronos y Amón en una sola palabra—, que eligió morir en un año determinado; en esto los registros de Sogol y los de la fase templaria coinciden sin haberse leído: es el mismo juramento a Kronamon, dicho con más sílabas. Y conserva las normas: en el pueblo de Ungarn, del otro lado de las Nieblas, fue el único que pudo cruzar la cripta de esporas mortales; peleó contra un guardián muerto que cobraba en vida; cargó las siete rosas blancas del descanso; y cuando la compañía eligió salvar a un compañero muerto antes que hacer justicia, Lirio se quedó solo. Mató a los dos lobos invernales encadenados del alcalde, cayó a un subsuelo de ciempiés, y cuando los señores del pueblo se le manifestaron con un contrato para el Salón de los Registros de Sogol, negoció una sola cosa: que la niña muerta, Elisa, descansara. La siguió por el bosque hasta el amanecer, la fijó con una rosa, la atravesó y la decapitó. Salió de las Nieblas con una cabeza en la mano y una potencia ígnea reclamándolo —este es mío—, y un ángel tuvo que contenerla.

Desde entonces marcha con la compañía de Sogol por el camino de Mertylmane, con armadura de placas y escudo, de guardia cuando los perros se inquietan, espalda contra espalda cuando bajan los bugbears; y con la mano puesta sobre las rosas, siete días seguidos, tratando de que germinen en una ciudad donde lo sagrado no prende. Entregó a Lem la espada del guardián de la cripta. Este cronista anota que la norma del mandoble —sólo contra lo que no pertenece al mundo— sigue intacta: en el hielo, casi todo califica.

Reservas. No consta cómo pasó de París a un montículo de nieve en un país del Gehena, ni cuánto tiempo estuvo debajo; no consta la grafía de su orden tal como la dijo en Sogol —«templarios del laberinto…», y la voz se pierde—; no consta qué contrato carga ni qué dice; y no consta qué potencia ígnea lo reclamó ni con qué derecho. El que sepa más, que lo diga.

El séptimo día del filo

En los Salones, Lirio afiló la espada como una plegaria y participó en la toma de la fortaleza. Camino a Karlstorf llegó al séptimo día de ese trabajo: pidió que el óxido cediera y que la fe volviera a ser filo. La piedra negra de afilar le recordó la materia de la daga de obsidiana. Un corte en su mano y una voz interior acompañaron la respuesta. Algo parecía despertar, sin que quedara resuelto su origen.

El sueño del Salón de los Oradores lo tuvo Dandy; la resonancia alcanzó también a Lirio. Este cronista deja juntas la piedra, la plegaria y esa inquietud, sin ponerles un nombre que ninguno de los viajeros haya establecido. Al mencionar el título del Balor regresaron sensaciones de amenaza: el amparo de un año y un día continúa siendo un plazo, no una victoria definitiva.

Lirio insistió en proteger los lugares que atraen a las potencias infernales y en conservar la rectitud al combatirlas. En el umbral de Aries cruzó la espada con la figura de las cadenas y siguió con los demás tras la derrota de los siete caballeros. No llegó aún ante Calíope. Su pasado templario permanece en su ficha; estas jornadas no prueban que haya recuperado todas las reliquias de aquel pasado.

Véase además: Alexio — su compatriota del reino de León · Plegaria_de_la_Espada · Paladines_Poetas · Templarios_del_Tiempo · Kronamon · Ungarn · Las rosas blancas del descanso · El ángel del martillo y el cincel · Caloria.


▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.