«He venido a ocupar el lugar que me corresponde. El universo me pertenece desde antes de que ustedes, dioses, nacieran siquiera a la existencia.» — Uken, riéndose por dentro, en un país donde nadie ríe.

Encapuchado y encorvado sobre el bastón, con la cara medio perdida y la boca fina a la vista — la única parte que la lámina deja leer, y justo la que conviene. Los dijes que le cuelgan de las ropas están encendidos: alguien los cargó. La mano dejó el resto en sombra, que es donde trabaja.

Presentación

Nadie en el Callejón sabe de qué especie es Uken, y no por falta de intentos: encorvado sobre su báculo, la cara a medias en la capucha, algo que reluce siempre entre las ropas de viajero, el maestro planar pertenece a esa vieja estirpe de los que caminan las aulas de los viajeros y vuelven con más preguntas de las que se llevaron. Se le conoce una doctrina — la de los Athar, que miran a los dioses y ven farsantes con buen presupuesto — y una anécdota que nadie pide que repita: una vez, dicen, terminó una discusión reventando una cabeza.

Es maestro de los muchachos del Gatehouse en el sentido más amplio y menos verificable de la palabra: al tiefling Dandy le enseñó a leer puertas; a Lucio — a Lucio lo mira distinto, y le habla de herencias. Fue Uken quien los esperaba del otro lado del arco, exactamente donde un portal cerrado hacía cien años acababa de abrirse; fue Uken quien nombró el templo del Hielo, la llave de obsidiana negra y la redención pendiente; y fue Uken quien no pudo acompañarlos, porque hay un pacto antiguo con el lugar que dio esa obsidiana, y los pactos antiguos no se manchan las manos.

La crónica lo anota sin juzgar: hay maestros que regalan destinos como el pescador regala carnada. Lo que Uken pesca, y para quién, es una de las preguntas abiertas de la gesta viva.

Vínculos

Apariciones

  • Gesta viva de Sogol, primera jornada — la aparición en el país congelado; la parodia de dios; el reparto de las herencias.

Casas del ciclo · ♑ 🎣 Un maestro que no cree en dioses y habla como uno para burlarse de todos; un viajero que sabe dónde están las llaves pero tiene las manos atadas por pactos que no explica. Uken espera en los umbrales con la paciencia del pescador — y la crónica, que ya vio morder el anzuelo, todavía no sabe si el sedal termina en su mano o más arriba. — glosa del Decadiano.