Parado aquí escucho los colores… cenizas y diamantes, pasión.


Lo que se aprende dormido

No todo conocimiento llega por la vigilia. Este conjuro le es enseñado a Rómulo Ezzayeche mientras duerme, en el corazón de un sueño, por un comisario que es también brujo, en un despacho fechado en 1975 que es el del brujo López Rega: uno de los hombres de la Triple_A, la Alianza Anticomunista Argentina que por aquellos años obraría a la sombra del poder. El precio que le ponen es una lista: los nombres de sus compañeros. La lección no se da en una sala ni en un libro: se da en el reverso del sueño, allí donde la razón de quien sueña se afloja lo bastante como para que entre lo que no debería entrar. Quien sale de ese sueño sale sabiendo algo que antes no sabía, y un poco más lejos del mundo de los despiertos por haberlo aprendido así.


Lo que el conjuro hace

Recitado en voz alta —“Parado aquí escucho los colores… cenizas y diamantes, pasión”—, el conjuro devuelve a la ceniza a quien de la ceniza fue sacado. No muerde sobre lo vivo ni sobre lo común: muerde sobre los seres despertados de sus cenizas esenciales, esos a los que la magia negra arrancó del polvo para devolverles un remedo de vida. Momias, resucitados, inmortales reconstruidos de su propia materia quemada: contra ellos, y solo contra ellos, la fórmula obra como una sentencia. Lo que fue levantado del polvo, al polvo vuelve; lo que se rehízo de cenizas, en cenizas se deshace. Es un arma de filo único, inútil contra casi todo y definitiva contra aquello para lo que fue hecha.


El título polaco

El conjuro no nace del vacío. Su nombre viene de Cenizas y diamantes, la novela de Jerzy Andrzejewski que Andrzej Wajda llevó al cine. Ese eco polaco hizo que durante un tiempo la crónica le atribuyera la fórmula a la geóloga de la partida, Irene Kowalski, por la raíz de su apellido; pero el sueño fue del vasco, y la fórmula le llegó junto con una lista de nombres que debía anotar. La crónica de aquellos días recoge además una broma que circuló alrededor del conjuro —que sus palabras sonaban como una canción de Racing—, chispazo de humor que, lejos de rebajar el hechizo, lo enraíza en el habla argentina de la que la gesta entera sale.

El registro físico de la fórmula se conserva en el cuaderno 99.


Vínculos

  • Rómulo Ezzayeche — el soñador a quien se le enseña el conjuro, en el despacho de 1975
  • López Rega — el brujo dueño de ese despacho
  • Irene Kowalski — a quien la crónica atribuyó el conjuro por error, por el eco polaco del título
  • La Triple A — la Alianza Anticomunista Argentina, de cuyas filas sale el comisario-brujo que dicta la fórmula
  • Magia negra de las cenizas esenciales — el arte que levanta del polvo a momias y resucitados, único blanco posible del conjuro