Irene Kowalski

En el Atlas de Mujeres Geólogas hay una entrada a su nombre. Ese es el dato duro: quien dude de ella puede ir al Atlas y encontrarla consignada, como alguien la encontró. Todo lo demás —el temple, el idioma, la piedra— viene de las voces que la trataron, y las voces dicen primero esto: «ella es dura». Y después, como quien acuña una figura sin medir sus consecuencias: «mujer de piedra».

Oficio y cobertura

Geóloga y cartógrafa de YPF —Yacimientos Petrolíferos Fiscales—, hace prospección en el campo: análisis de terreno, lectura del suelo. La corporación es a la vez su empleadora, su escudo y su cadena de mando: «está protegida por YPF», «sabemos que trabaja para YPF», y cuando algo excede su margen, la frase es institucional: «tengo que hablar con los jefes de YPF». La cobertura le da acceso legítimo al terreno; el terreno le da problemas que su saber resuelve. Cuando un vehículo queda clavado en suelo arenoso, no hay que probar suerte: «Irene es geóloga y sabe la mejor forma». Donde otros arriesgarían al azar, ella aplica arenología.

Los registros alternan tres títulos para su lugar en la corporación —investigadora, inspectora, cartógrafa de plantel— y no eligen ninguno. Qué autoridad exacta le confiere cada uno, tampoco se establece.

Las tres herencias

Por qué es ella, y no otra, la que está ahí abajo, se explica en capas.

La primera es el abuelo. Peleó en la Segunda Guerra, volvió, y crió a la nieta con énfasis en la preparación ante conflictos. De ahí la dureza. De ahí también el oficio: los registros lo atribuyen sin rodeos —«es geóloga por el abuelo»—, de modo que la formación no es vocación suelta sino herencia.

La segunda es la lengua, que es la otra cara de la primera. Habla polaco: es su idioma de emoción intensa, el que le sale para putear —«no lo busqué, pero estos alemanes de mierda», dicho en polaco—. El alemán no lo habla y no lo va a hablar: es «el idioma del enemigo». Esa frontera no es lingüística; es moral, y es heredada. Cuando aparece la sospecha de que hay alemanes detrás del secuestro, la respuesta engancha directo con la crianza del abuelo, y por eso le sale en polaco.

La tercera es YPF, que convierte el saber en trabajo, en cobertura y en jefes. Las tres capas juntas producen a la persona útil bajo tierra: alguien que sabe qué es la roca, que no se asusta, y que tiene con qué justificar su presencia en el campo.

Bajo tierra

Irene participa de la exploración del pueblo subterráneo. Su función ahí no es solo técnica: es perceptiva. Es ella quien oye el gemido al fondo. El suelo, que toda su vida leyó como oficio, empieza a decirle otra cosa.

Y hacia el final se la ve cambiada. Tras la visión compartida y el contacto con la Mujer de la Piedra, queda «así, beatífica». Las fuerzas del mundo actuaron sobre ella. Si ese estado es transitorio, si es daño o si es don, nadie lo ha dicho.

La navaja

La piedra la encontraron en un nicho al fondo de la caverna que se abría bajo Top_Malo, después de una matanza contra los Profundos que ninguno recordó bien. Irene la tocó primero. Al salir, en la niebla, la locura la volvió contra los suyos: vio enemigos en todos, sacó la navaja sevillana y fue a diestra y siniestra, dos veces contra Dulce, hasta que la redujeron entre tres.

El norte, el espejo y la moneda

Se escurrió con la piedra en Río Gallegos y viajó a Galveston, a ver a Harrington, vigilado por Majestic. Volvió a tiempo para el faro, o casi. En los sótanos del castillo de la playa fue la única que aguantó la mirada del ojo en el espejo, y quedó beatífica. Desde esa noche le quedó en la frente un tercer ojo, abierto donde ningún ojo debería abrirse. En la estancia de Bellocq soñaba todas las noches lo mismo: una escalera que bajaba en la arena, dos antiguos atlantes que la dejaban pasar tocándole el tercer ojo, y del otro lado una ciudad; volvía sintiendo haber vivido allá semanas. En febrero de 1967 se despertó con una moneda de una sola cara en la mano que, puesta en la frente, le dejaba ver; con ella vio la basílica de Barracas y, en el marco de una puerta de Tres Arroyos, algo que nunca contó. Cruzó con los otros tres a la República Dominicana.

La piedra en disputa

Su posición entre corporación y compañía tiene un costo: Malena sospecha de sus arreglos externos y piensa denunciarla en la facultad por la custodia de la piedra. Que la disputa se dirima en la facultad —y no en YPF— supone una afiliación académica que nunca se declara; qué es exactamente esa piedra, tampoco. Lo cierto es que la custodia está en disputa precisamente porque Irene está donde está: con un pie en la corporación y otro en el grupo.

Advertencias del cronista

De su persona física no ha quedado nada en el archivo: ni edad, ni cara, ni ropa, ni el instrumental que carga al campo. Quien quiera imaginarla, que se atenga al temple y al oficio, que es lo único descrito. Tampoco se fija ciudad, yacimiento ni provincia de su prospección: la geóloga mejor documentada del Atlas trabaja en un lugar que los registros no nombran.

Queda además una ambigüedad que este cronista declara y no resuelve: «mujer de piedra» puede ser un apodo de Irene, o puede ser que las voces la estén confundiendo —o asimilando— con la Mujer de la Piedra con la que después entra en contacto. Las dos lecturas caben; ninguna se impone. Y hay una contradicción de versiones sobre su lengua: un testimonio afirma que «sabe polaco nomás», lo que choca con el hecho evidente de que trabaja, discute y negocia con jefes y compañeros. El alcance de esa afirmación —¿lengua materna?, ¿lengua del corazón?— queda abierto.

Véase además: YPF


▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.