Iba a ser muchas cosas y no fui ninguna; recién ahora me entero de para qué servía.


El muchacho de las vocaciones rotas

Rómulo Ezzayeche entra a la gesta como un joven tironeado entre vidas que no terminó de vivir. Lo persiguen tres vocaciones a medio nacer: el fútbol que no fue, el periodismo que tampoco cuajó, y la sombra larga de un soldado desertor que pesa sobre su nombre. Es, al empezar, un hombre en fragua —un concepto todavía buscándose, sin oficio firme ni rumbo claro—, de esos que llegan a un acontecimiento grande sin saber qué vienen a hacer en él. El Operativo Cóndor —el secuestro del avión a las Malvinas del 28 de septiembre de 1966— lo arrastra al sur como a tantos otros, y lo deja del otro lado del umbral: en el territorio frío y acristalado donde, bajo la disputa de banderas, duerme algo mucho más viejo.

Es vasco, y eso en la gesta no es un dato menor: su apellido comparte la raíz que vertebra a media partida —la del marino quebrado, la de las muchachas de la costa— y se pronuncia a la manera vasca, Hayeche, aunque la crónica lo registre tanto como Ezzayeche cuanto, con la grafía oscilante de toda mesa, como Etcheche. Por ese costado vasco lo elige Laura_Echegoyen, la rubia de Tres Arroyos a quien también la tira la sangre: el romance entre los dos avanza despacio y a la luz del día, tolerado sin escándalo por los suyos.


El costado ocultista

Lo que empieza como vocación rota se va volviendo, con el descenso, otra cosa. Rómulo desarrolla un costado ocultista que lo liga al maestro Malnati, el conductor de la Logia Hijos del Trabajo de Barracas que recibe, banca y aloja al grupo a la vuelta del Atlántico Sur. De la mano de ese magisterio obrero —la doctrina de las logias blancas y negras, la guerra que se libra en la sombra— el vasco encuentra al fin un saber al que aplicarse, el oficio que el fútbol y el periodismo le negaron. Es la primera de sus vocaciones que no se le rompe en las manos.

El precio de ese saber se le nota en el carácter. Lo que ve bajo las islas, y lo que aprende del fondo del tablero, lo dejan más irascible, con la razón corrida de su eje; acumula armas como quien presiente que va a hacerle falta defenderse de algo que no se nombra. Y sobre todo se le enquista una obsesión protectora con Laura Echegoyen: el romance de costa se endurece en cuidado celoso, en guardia permanente sobre la muchacha —sin que él sepa que el linaje de ella cuelga, por el lado de su abuela, sobre la misma cofradía de hombres-pez de la Orden Esotérica de Dagón que medra en lo profundo y rinde culto a Cthulhu—. Cuida a Laura de un peligro cuya forma verdadera todavía no alcanza a ver.


Bajo Top Malo

En la mina que se abría debajo de la casa de Top Malo, cuando los Profundos salieron del agua negra, a Rómulo lo arrastraron contra la pared de la caverna: salió con tres costillas castigadas y sin saber del todo cómo había terminado aquella matanza. En la enfermería de Stanley lo interrogaron esposado a una camilla; la coartada fue que lo habían golpeado en el pub.


El despacho de 1975

La noche del faro de Claromecó, en el sueño de los dos soles, a Rómulo le tocó el porvenir. Un despacho oscuro fechado en 1975, con placas de la Policía Federal: el despacho del brujo López Rega. Un comisario cuya sombra no coincidía con su cuerpo le puso delante una lista con los nombres de sus compañeros y le pidió que los anotara. Lo que anotó no lo supo nadie. Lo que se llevó fue un conjuro que se lee al revés, «Cenizas y diamantes», y la Triple A como deuda pendiente (los pactos del sueño).


El que cuenta

Sobrevivió a la basílica de Barracas y cruzó con los otros tres, por una caja, a la República Dominicana. Es él quien cuenta la historia: la escribió después, desde Santo Domingo, sabiendo ya lo que el país no sabía en 1966.


Vínculos


Notas

El cuaderno 99 registra a este personaje con el apellido oscilante de la mesa: se lo oye Ezzayeche, Hayeche y Etcheche, tres grafías que nombran al mismo vasco; se adopta Ezzayeche por ser la forma con que el resto de la crónica —y la entrada de Laura Echegoyen— lo fija, anotando que en boca vasca suena Hayeche. Su arco empieza como concepto en fragua, sin vocación firme, y la gesta lo va endureciendo en un hombre armado, ocultista y celoso; termina vivo, del otro lado del mar, contándolo. Los nombres históricos y políticos que rozan su historia —el Operativo Cóndor real de 1966 y la Buenos Aires de aquellos años— se conservan tal como la gesta los hereda de la historia argentina verdadera.