Presentación

Antes que las líneas, antes que las estaciones, hubo un tubo. Noventa y cinco metros de cilindro —trescientos doce pies exactos, tres de diámetro— excavados bajo Manhattan a fines del siglo XIX para probar que se podía mover un vagón con aire a presión. Fue el primer subterráneo de New York: un experimento, un capricho, una atracción de parque de diversiones tanto como una obra pública. Después la ciudad creció encima y lo olvidó, y el olvido lo dejó donde estaba: abajo, húmedo, cerca del río, con sus grafitis intactos. Frodo lives. Three lions. Y uno que no se lee de frente, sino que queda en la retina en el parpadeo de una luz, como el reflejo del paso de un tren: viaja a través del tiempo.

Porque los noventa y cinco metros no son espacio. Son tiempo —tal vez más de noventa y cinco años—. El tubo no lleva de una punta a la otra de una cuadra: lleva de un siglo al otro, y la puerta que abre da a 1870. Un ladrillo antiguo, interrogado por quien sabe preguntarles a los objetos, lo confesó con la precisión de la piedra: dos calores, dos dilataciones —una entró hace una semana, otra salió hace unas horas—. Por ahí había pasado la ambrosía hacia el pasado, y por ahí habría que ir a buscarla. Al tubo se baja desde el sótano en ruinas, por una grieta húmeda al costado del pozo de ascensor que se hunde bajo la torre de Marte Sociedad Anónima: un intestino serpentino en las entrañas de la corporación. Al que se mete, el tubo lo tantea y quiere devolverlo a su época original —como al queso a la leche— y hay que pagarle: entregada una masa equivalente a la propia, devuelve una cápsula disparada hacia arriba como bala en un cañón.

En su fondo acecha el guardián. A lo lejos se enciende una linterna y un farero espectral de tricornio la levanta: Jack de la Lámpara. Síganme… y abandonen toda esperanza. ¿Adónde? A sus tumbas, que antes fueron úteros —tumbas o úteros, sonríe, con cara de calavera—. Es el enterrador, y lo que piensa se le puede leer: que ellos nunca tendrían que haber vivido más allá de la luna del gusano. Y es una trampa: detrás aparece Jack de los Cuchillos con siete sombras, y las dagas de sombra ensartan a quien se haya confiado. Se cruza el portal a los tropezones, cargando a los caídos, con un último susurro de la oscuridad pisándoles los talones. Nada teme más a la muerte que el tiempo, alcanzó a percibir uno de los buscadores en la mente del farero.

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