Presentación

En University Place, sobre el barro y el vapor que subía de las rejillas de una New York de gaslight, se levantó un monumento de mármol que no se parecía a nada de su época: demasiado limpio, demasiado sereno, demasiado nuevo, como si lo hubieran traído entero de otro siglo y lo hubieran apoyado ahí. Afuera se le cuentan seis columnas. Adentro hay doce. Los muros llevan plomo, y ninguna mirada capaz de atravesar la piedra atraviesa ésa.

El día de la inauguración vinieron todos: el gobernador de New York, el alcalde, el inspector general de policía, los asistentes militares, el presidente de los Estados Unidos, la Comisión de Salud, el director general de la Sanidad Pública, senadores. Se habían derogado las leyes que prohibían el suicidio y castigaban cualquier intento de autodestrucción; el número de los que se mataban había crecido, y el gobierno resolvió instalar una Cámara Letal en cada ciudad y en cada pueblo del país. El gobernador lo dijo con estas palabras: “una muerte indolora espera a quienes no puedan soportar los dolores de la vida; si lo que quieren es la muerte, allí deben buscarla”. Después no habló nadie: el silencio de la calle fue absoluto. Entre los presentes había una mujer bellísima y figuras que se movían como se mueven los vampiros. En el centro exacto de la escena estaban los buscadores llegados de otro tiempo, y nadie parecía verlos —comprendieron entonces que la marea temporal no los había dejado en cualquier parte, sino justo ahí y justo entonces—. Uno solo los vio: un hombre apartado, diseñador de aviones, que años más tarde escribiría que el tiempo es una secuencia infinita de niveles superpuestos por los que los hombres avanzan sin término, y que por eso son inmortales. Porque esto sucedió acá, anotó quien lo recuerda.

Guardan la puerta tres estatuas. Son las tejedoras —una del pasado, una del presente, una del futuro; tres que son una, condenadas a mirar siempre hacia adelante— y a quien sabe hablarles le cuentan que allí adentro entró algo de la escala de los grandes, el don, la madre-reina del apocalipsis, y que desde la Luna hasta esa puerta se traza un solo recorrido, uno solo. Porque el mármol nunca fue un monumento a la piedad: era una caja fuerte. La ambrosía confiscada —repartida hasta entonces en muchas garrafas, como los cien hijos que en el Mahabharata esperaban en cien jarras separadas hasta el día en que se rompieron y se unieron— fue fundida en una sola masa y donada al Estado. Ésa fue la negociación que convenció a políticos y gobernadores de levantar la Cámara: un lugar donde nadie pudiera usarla. La droga estaba adentro; y adentro la Cámara era otro mundo —primavera, vapores, mármol y aguas viejas, y quien entraba se hallaba de pronto vestido con túnicas leves y blancas, a la griega—. En el centro de una basílica ritual, junto a un caldero, con un carro tirado por dragones al costado y un fresco de violencias a sus espaldas, esperaba Medea. Bienvenido a mi universo, dijo, con la mirada cansina de quien ya vio esto.

Allí se dijo el plan sin adornos: el mundo puede ser de los inmortales, de los que merecen; habrá una mixtura en la Luna; es la única manera de resistir a Terminus, que viene, que hace tiempo amenaza, y que llega pronto —demasiado pronto; apenas hay tiempo para prepararse—. A los buscadores les tocó el peor de los elogios: aunque han puesto palos en la rueda, también son los rayos de esa rueda. Y se deslizó, casi al pasar, la advertencia sobre alguien que cree que con una corona puede ser como un Rey Amarillo, o alguna otra entidad. El resto es sabido: la cinta se cortó, la piedra negra rodó por el conducto hacia Battery Park y el cohete partió. La Cámara quedó abierta y funcionando. Cuando los buscadores volvieron a mirar hacia la puerta, la gente ya estaba entrando: los primeros muertos.

Sobre todo aquello se cerró después el nombre del mundo. La dinastía imperial de Norteamérica acababa de fundarse —eso, y no otra cosa, fue lo que sí pasó en esta realidad; eso es lo que allí se estaba construyendo—. Algún día los que vengan irán a Carcosa, a las Híades, a Hastur y a Aldebarán, y descubrirán lo que la Cámara ya sabía: esto es Carcosa.

Ver también

  • Carcosa (Never 9-11) — el marco último que la Cámara vuelve legible: la gesta entera transcurre dentro de él
  • Carcosa — el nombre con el que se cierra el mundo: esto es Carcosa
  • El Rey Amarillo — el entronizado que la corona invoca; la obra que no se nombra
  • Earth-212 — la Tierra cuya dinastía imperial se funda en esta ceremonia
  • La piedra negra de ambrosía — lo que la Cámara guardaba, y lo que salió de ella hacia la Luna
  • La New York de 1870 — la ciudad inestable a la que se llega y en la que el mármol no encaja
  • Medea — quien espera adentro, junto al caldero
  • Hécate — su tía y maestra; la que desarrolla el gusano de la Luna, de cuya escala es la que está adentro
  • Blanqui — el gusano al que la Cámara, sin saberlo, alimenta con un siglo de ventaja
  • Terminus — la amenaza con la que los inmortales justifican todo esto