Presentación

La segunda cámara ceremonial tiene un mosaico de juicio y ejecución, tres orbes rojos en un bol y, en el centro, un caballero de mármol blanco sentado con una gran espada horizontal sobre el regazo. La voz plantea el caso: «Un caballero debe dispensar justicia. La joven madre sin familia y su pequeño se morían de hambre; sabiendo la ley, robó al panadero. ¿Cuál debe ser su destino?» — la vista gorda, el encierro de madre e hijo, o el encierro de la madre y la entrega del niño y la hogaza al panadero. Los Buscadores votaron la vista gorda. Entonces el mármol tomó facciones y bajó del trono con la vaina vacía y la espada dejada a un costado.

No es un caballero. Es Simón el Mago: un conjurador que, como su compañero, se perdió aquí y ahora debe dar esta prueba vestido de caballero. Habla de justicia con la paciencia del que ya la perdió. «¿Quiénes merecen vivir y quiénes merecen morir?… Había una prueba delante de ustedes y decidieron enfrentarla con el acero. Hierro mata, hierro muere.» Y no dispensa el reproche que más duele: «¿Cuántos huérfanos habrá cuando los trolls arrasen la capital de Archontos con lo que le dieron? El rey dijo que no lo usaría ofensivamente. Era una mentira. ¿Qué excusa tendrá el día que un trollcito suyo tenga hambre?»

Su verdadera intervención no es el acertijo sino el precio. Detrás, en la torre, hay otro y su situación es exacta:

«Hay otro mago en la torre que juega al ajedrez con su compañero. Su inmortalidad es en cuotas, y no puede pagarlas. El costo de la vida de su amigo es el huevo.»

Un juego de la vida contra la muerte que el prisionero no puede ganar, y una tarifa dicha sin metáfora: traigan aquí la ofrenda y le será devuelto impoluto. Simón sabe además dónde está parado y lo dice de paso, como quien nombra una calle: estas fortalezas alguna vez dotaron la planicie de los infinitos portales; este es un lugar orientado al abismo primigenio, y por eso a los demonios les fue siempre tan fácil llegar.

Cuando el compañero que llevaba la insignia de inquisidor se negó a juzgar, Simón le ofreció su silla: «¿acaso tienes derecho a sentarte en mi silla? Ven, siéntate, si crees que lo mereces». Nadie se sentó. Ante el silencio volvió a ser estatua, con la espada quieta sobre el regazo, esperando la ofrenda que —hasta donde el archivo alcanza— no llegó.

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