La peste hizo del contacto una condena y nadie nace. Sobre ese miedo se
levantó una máquina que promete salvar. Lo que la derriba no es un arma: es una palabra.
el Maestro
Antes de ser una máquina, el Maestro fue una idea: que el temor de ser tocado podía volverse poder. En el Mundo Nuevo de 2087, cuando la peste hizo del contacto una condena, esa idea encontró su profeta y su mercado. La consigna —mínimo contacto, máximo poder— tomó a la mayor parte de la población y la volvió plugins de carne: cuerpos encerrados en sus casas, en cuarentena perpetua, cuya vida verdadera transcurre del otro lado del visor, en la realidad virtual. Pocos se atrevieron a romper el encierro. El resto se entregó, y al entregarse dejó de ser gente para volverse red. Lo que hoy se llama Maestro es esa red-conciencia total, mitad plano psíquico y mitad servidor: el sistema nervioso de un mundo que hace mucho consume más energía en sus máquinas que en sus hombres. Se lo nombra tambié
En el corazón de su esfera flotante hay un nodo, y el nodo tiene una palabra-código.
Decirla apaga la red entera.
Borges
Cuando la crónica de la cuarentena llega a su última jornada, lo que derriba al Maestro no es un arma sino una palabra. En el corazón de su esfera flotante —la máquina que promete "salvar" a la humanidad subiendo las conciencias por una Puerta de Pandora—, el referente Shibuya encuentra el código que apaga el nodo, y ese código es un nombre: Borges. No es casual que la máquina caiga por un nombre de bibliotecario. El Maestro había hecho del mundo una sola biblioteca infinita y cerrada —internet como el único cielo, los cuerpos convertidos en "cuerpos codificados", la vida entera vuelta catálogo—; y contra un mundo hecho de texto, la única llave posible es también un texto. Al pronunciar «Borges», el barrio entero se pliega en el jardín de los senderos que se bifurcan: el laberinto de todas
La Zona
Los doce lugares que el archivo ilustró de la cuarentena.
Cacería humana televisada en circuito cerrado —bajo los nombres de Real Rebels y Ninja Nancy y Muertos Vivientes— donde la banda entera fue subastada como presa dentro de un escenario de caza. Los cazadores-estrella perseguían; Chetty the Host anunciaba al aire la muerte de los rebeldes del día; y las consignas virales del show —«lose your fire», «fuck the cow», «wake up, sleep and survive»— corrían por las pantallas como jingles de la propia ejecución. La muerte hecha mercado, en vivo y con rating.
Expedición en dos buses blindados y un auto, al mando de Kreider, hacia villa Albalonga, el reducto recontravigilado del proyecto OPER en el conglomerado de los Bosques Sanos. No llegaron enteros: a mitad de camino un misil los emboscó, y la delación no vino de un traidor sino del bolsillo —los propios celulares del grupo iban cantando la posición a cada kilómetro—. La incursión enseñó lo que el misilazo ya había insinuado: en 2087 el enemigo no te persigue, te sigue la señal que vos mismo llevás encendida.
Bastó que las coordenadas del reducto se filtraran —salieron de la oficina de Madman, el programador adicto— para que un misil las convirtiera en blanco. La explosión destruyó buena parte del complejo, mató niños y se llevó un cuarto de la población; al propio Madman lo sepultaron los escombros de su traición, y Kreider sobrevivió refugiado en la Refinería. Fue la primera lección de la crónica: en la cuarentena no hace falta que te encuentren, alcanza con que te nombren en un mapa.
Narco Paradise flotaba sobre las montañas, por encima de la peste, de la cuarentena y de las Máquinas, sostenida por turbinas antigravedad: el refugio de los magnates que habían comprado el cielo. Bastó un Mirage lanzado en kamikaze por Taito contra una de esas turbinas para que todo el paraíso empezara a bajar: la fortaleza descendió entre alarmas mientras el grupo escapaba en el taxi aéreo de Tuxedo. Los que vivían por encima del mundo descubrieron esa noche que la altura también se cae.
Por primera vez en diez años, la red mundial se apagó. Ocurrió al desactivarse el nodo con la palabra-código «Borges»: el Maestro quedó sin voz, la Reina Oscura se apagó con él, y en todas las conciencias conectadas sonó un grito único —el mundo entero soltando de golpe el cable que lo sostenía y lo ahorcaba a la vez—. En el silencio que siguió cayeron los velos por un momento, y en ese hueco cupo lo que la red había vuelto imposible: un nacimiento.
— dos hechos más existen del otro lado de la palabra —
después de la palabra
el primer nacimiento
Cuando cayó la red —apagada por la palabra-código «Borges»— y con ella se resolvió la crisis de fertilidad, nació el primer niño en mucho tiempo, después de Mi Ciela la segunda criatura de la crónica. La imagen final no es una batalla sino una cuna: cuatro manos de facciones que hasta ayer se mataban, meciéndola juntas. Después de ocho jornadas de cuarentena, cacerías televisadas y ciudades que caen del cielo, la esperanza volvió por donde siempre vuelve —por lo más chico, lo más frágil y lo más nuevo—.
En el desenlace de la última jornada, Zaa —la arregladora que había sobrevivido a la desfiguración, al trauma y al modo «kill»— hizo su último arreglo: se arrojó al vacío y proyectó su conciencia, junto con la de sus ancestros africanos, hacia un mundo fuera de fase, el mundo de las panteras. No fue una caída sino un salto de fe: el sacrificio que convierte el final en comienzo, la arregladora que ya no repara este mundo porque se va a estrenar otro.