
Primero golpear, después negociar.
El Lobo del metal
Augusto Vandor es el hombre fuerte del sindicalismo argentino de 1966: secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica y dueño del aparato que ordena a las 62 organizaciones y a la CGT. De su época en la fábrica Philips le quedó el apodo con que todos lo nombran —el Lobo—, y con el apodo una fama bien ganada de astucia: su divisa es golpear primero y sentarse a negociar después. Es la cabeza del neoperonismo, ese peronismo sin Perón que pretende mandar en el movimiento sin esperar la venia del líder exiliado, y por eso vive en tensión con el viejo: para una parte de los suyos, el Lobo es lisa y llanamente un traidor.
Lo que vuelve a Vandor decisivo para el grupo no es su política sino su mano: controla el flujo de las armas. Quien quiera mover algo en la Buenos Aires de esos meses necesita su aval y su protección, y eso es exactamente lo que los recién llegados del descenso van a buscar. La crónica de aquellos días deforma a veces su nombre —lo escribe Bandor, Bandol, Valdor, hasta lo confunde con una Pandora—, pero detrás de todas esas grafías torcidas hay un solo caudillo metalúrgico, el mismo que la historia argentina recuerda.
La audiencia
La gestión que persigue el grupo tiene un objetivo claro: conseguir que el Lobo avale o por lo menos proteja su operación contra Ricardo_Moretti, contra Uriel —de la facción gráfica— y contra la logia Anael, esa derecha esotérica que opera por encima de los sindicatos. La moneda de cambio que llevan a la mesa es una pista: bajo la Basílica del Sagrado Corazón de Barracas hay un depósito de armas, y Vandor, que controla ese flujo, no puede ignorar semejante dato.
El contacto lo abre Armando_Cabo, hombre de la línea del Lobo, que gestiona la audiencia en el gremio metalúrgico de Adolfo Alsina 477. La advertencia que acompaña al favor es simple y conocida: a Vandor hay que ofrecerle algo, siempre. La reunión se celebra, en vísperas del cumpleaños del Lobo, el 23 de febrero. Vandor no cree una palabra de lo que tiene que ver con el otro lado; pero sabe de armas, y sabe quién las junta. Los manda a la iglesia de Barracas.
En ese vestíbulo se ve entero el diseño de la gesta isleña. La guerra de logias que enfrenta a Anael con la Hijos del Trabajo está espejada con exactitud en la interna sindical real, la que cruza a Vandor con los “emprendedores” de la derecha peronista; y lo que en la superficie es disputa gremial responde, un escalón más abajo, al mismo tejido de poder que sostiene a Lucio Gelli y la Propaganda Due. El Lobo cree que negocia armas y política. No sabe que su audiencia es uno de los umbrales por los que lo cósmico se cuela en el realismo argentino del 66.
El traidor y el castigo
Para los leales, el peronismo sin Perón es una traición, y la traición tiene precio. Armando Cabo lo dice sin decirlo: cuenta sobre su escritorio un cargador con cinco balas «para Augusto». En junio de 1969 a Vandor lo matan en su despacho de la UOM, de cinco tiros; la historia nunca terminó de esclarecer el crimen, y varios lo atribuyen a Dardo Cabo, el muchacho del avión, cuando salía de la cárcel o poco después. La basílica a la que el Lobo mandó a los recién llegados era la otra cara del mismo castigo: debajo del templo, lo que se servía no era a Perón ni a Vandor, sino a Yog-Sothoth.
Vínculos
- Armando Cabo — hombre de su línea, gestor de la audiencia en Adolfo Alsina 477
- Logia_Anael — la derecha esotérica cuya interna espeja la guerra sindical de Vandor
- Basilica_del_Sagrado_Corazon_Barracas — el arsenal oculto que es la moneda de negociación con el Lobo, y adonde él manda al grupo
- Dardo_Cabo — a quien varios atribuyen su asesinato en 1969
- Yog-Sothoth_TNW — lo que se servía bajo la basílica
- Lucio_Gelli_P2_Propaganda_Due — el tablero de poder que ordena, desde más arriba, la pugna sindical
- Operativo_Condor — el vestíbulo histórico de la gesta, del mismo tejido de poder real
Notas
Augusto Vandor es una figura histórica real del sindicalismo peronista, secretario general de la UOM, asesinado en 1969; la diégesis lo conserva tal cual, sin disfrazarlo, igual que a Armando Cabo, López Rega, Lucio Gelli y el resto de los nombres verdaderos en los que la trama del culto se injerta. El cuaderno 99 lo nombra primero como protector buscado y después como audiencia; la audiencia se celebró y los envió a la basílica. Su función es de bisagra: es uno de los hombres del mundo de arriba —el de los gremios, las armas y los revólveres— por cuyas puertas el grupo desciende, sin saberlo, hacia el Mythos que aguarda bajo las islas.