
Presentación
Hace unos mil años cayeron los meteoritos cerca de Alaska: piedras venidas de lugares que no son lugares, de sitios atópicos, de la irregularidad que se abrió cuando se abrió el noveno umbral. De esas piedras gotea la ambrosía. Y casualmente —la palabra es de quien armó el expediente— Marte Sociedad Anónima tenía la concesión de un viejo silo para su trabajo filantrópico, peligrosamente cerca de donde cayeron. Nadie había minado los asteroides, dijo Dédalo al ver la carga. No sabía que sí.
Febrero de 2035, cinco y media de la mañana, frío fuerte, a dos kilómetros de una instalación de investigación nuclear clasificada. El campamento del coronel Jackson y sus comandos vestidos de blanco; la excusa oficial, una vieja ojiva del siglo XX nunca desactivada, y unas cargas para neutralizarla. Debajo de la excusa, tres buscadores con un contador Geiger afinado a la ambrosía y una pregunta —del uno al diez, ¿cuán ilegal es esto?— que se contestó sin pestañear: si las cosas salen mal, ni a nosotros nos van a conocer; si salen bien, habrá más pruebas. Los militares volaron un tramo del muro sur y se llevaron la atención; ellos saltaron el muro menos vigilado envueltos en cien pies de niebla azul, siguieron el Geiger hasta el edificio del sur y abrieron una puerta de bloque metálico sellada electrónicamente. Entraron limpio y no mataron a nadie. A los guardias caídos, bajo la armadura, se les encontró un chip en la nuca.
Adentro hacía un frío terrible y había un galpón-laboratorio: tubos de contención con figuras humanoides, un ordenador haciendo cuentas extrañas, y una fuente nuclear que alimentaba cuatro tubos de investigación biológica. Ahí habían cocinado la ambrosía con radiación —un refinamiento incomparable con el paco que se vende en la calle— y con ella habían hecho cuatro seres. Los cuatro tubos estaban abiertos y vacíos. Afuera había árboles rotos: se escaparon, o se los llevaron; algunos, quizás, no vuelan. Por eso en Alaska no había ambrosía: ya la habían usado. Ésas son las Cuatro Razones, y el nombre se lo puso, meses después y a modo de amenaza, el propio hombre de Marte: sé cuatro razones por las que tu mamá intentaría que te quiten tu derecho de persona; por favor, no me quieran de enemigo. No era una bomba lo que había en Alaska: era algo peor. Entre los códigos del ordenador salió además una nota donde figuraba el presidente junto a gente de las naciones, y un anillo, con su marca.
Y en el último renglón del expediente, el detalle que abre el hilo más largo: la instalación ya no figura a nombre de Marte Sociedad Anónima. Figura a nombre de algo llamado, simplemente, la Fundación.
Ver también
- El coronel Jackson — quien monta el campamento y da cobertura militar a la incursión
- Las Cuatro Razones — los cuatro seres cocinados en los tubos, que ya no estaban
- Marte Sociedad Anónima — concesionaria del silo “para su trabajo filantrópico”; y ya no
- La Agencia Ícaro — la agencia por fuera de los sistemas de control que respalda el asalto
- Dédalo — quien identifica los meteoritos y su procedencia
- Terminus — de cuyos puntos de incursión vienen las piedras que gotean ambrosía
- Keres — el primero de los omegadrones que se cruzarán después, en la Luna
- ONNI — la inteligencia que abre los ojos en el brazo del Mono: “Bienvenido, amigo. Cooperemos”
- El Delivery de Ambrosía — el encargo previo que puso la sustancia en el tablero