
El monje predica de pie sobre el pedestal, la mano levantada sobre la multitud que lo mira con las antorchas encendidas.
El de los nueve dedos.
Un monje predicador venido de la congregación de Lombardía, y el problema político de Florencia entera. Elocuente, de grado alto, con una fuerza interna que convencía al público — y con esa marca en el cuerpo que la crónica le pone por nombre: el de los nueve dedos.
Lo que predica es simple y es total. Junta niños y gente llorosa, anuncia que la ciudad arderá por vanidosa, quiere dictar el culto correcto y condenar el arte, la gracia y la magia en todas sus formas. Su meta no es una reforma: es la República de Dios — Florencia como Nueva Jerusalén, con él de profeta de la palabra de Dios. Le está diciendo a una ciudad en la gloria de su civilización —los frescos, el David, Donatello— que todos esos esfuerzos bellos y sublimes son vanos.
Y no es un clérigo menor. Camina por el fuego, cura ciegos, pasa las pruebas: «es algo que nunca se había visto a este nivel». El Papa lo excomulgó llamándolo diablo.
El nudo político
Toda Italia lo mira, y cada quien por su lado:
- Roma —los duques de la Romaña, los cardenales, los Borgia, los Pazzi— simplemente lo quiere asesinar, y contrata las mejores armas.
- Milán lo quiere controlar: si la congregación lo separa de la jurisdicción lombarda, a Ludovico le conviene que muera; si queda bajo esa jurisdicción, le conviene vivo, como arma política.
- Florencia se debate entre quererlo y temerle.
- Y falta una facción más sombría que también podría querer bajarlo.
De ahí la noche del atentado. Se lo cita a medianoche —«la hora en que Cristo fue negado»— en una iglesia de Santo Domingo de un barrio abandonado, medio quemada, rodeada de dieciséis fogatas, con presagios en el cielo: esa noche, el 6 de agosto, se dijeron tres soles y una procesión de resplandores. Ahí da su último sermón, y el sermón es, palabra por palabra, el final del libro de las ciudades — el que distingue entre aceptar el infierno hasta dejar de verlo y buscar en él lo que no lo es. Habla del «infierno de los vivos» (Calvino).
Antes de que empiece la violencia cierra los ojos y manda a los niños que lloran a sus casas. Cuando lo atrapan en un paisaje mental —los dos solos en una catedral vacía— lo que se le dice es que su muerte es inminente «y creo que lo supiste en el momento en que alejaste a los niños».
Lo que pasó, y lo que sigue pendiendo
El atentado falló. Lo salvó su compañero y se retiró de la ciudad. El grupo se llevó consigo al Humbu, el hombre hueco — el principal asesino, que no era un hombre sino un vacío con forma.
Y volvió, con otros, predicando que el apocalipsis está llegando. Le exigió a Lorenzo, como prueba de arrepentimiento verdadero, dejar de ser príncipe de la ciudad y donar todas sus propiedades y su poder; Lorenzo no lo hizo —sabía que eso los dejaba presa de sus enemigos— y Savonarola no le dio los últimos ritos: lo condenó a esa muerte en vida.
La ambigüedad de Antiterra
Acá el monje no es una cosa sola, y ese es su interés. Pico della Mirandola cierra el cuadro del lado de la luz: Savonarola es tal vez la avanzada de esas fuerzas — eligió abrir su pecho a la luz para irradiar en un lugar que todavía no se había tomado del todo por los diablos. Pero también se dijo, y se le dijo a él mismo, que su presencia en este plano generaba más presencia infernal.
El hombre que quema el arte para salvar la ciudad puede ser lo único que marque dónde se está sembrando la oscuridad. Es lo que advierte Luca en la sobremesa antes del atentado: la Sombra avanza sobre Italia, y este hombre al que quieren matar es el único que está marcando dónde — el único guía que tienen.
Vínculos
- Ciudades Invisibles — la crónica que lo cruza en Florencia.
- la hoguera de las vanidades — su obra en la plaza.
- los niños de Savonarola — los que lloran, y a los que manda a casa.
- Pico della Mirandola — amigo, y el que lo lee como avanzada.
- Lorenzo el Magnífico — a quien niega la absolución.
- Luca — que le salvó la vida y promete encargarse de él por las buenas.
- Borgia · Ludovico el Moro — los que lo quieren muerto o atado.
En el papel
Su cuaderno es C41, no el del resto del arco.
C41 p18 lo define de un plumazo, y la frase vale por toda la ficha: «Savonarola es poder espiritual y dolor político-intelectual», anotado junto a «República» y «una contraposición».
C41 p74 le pone el otro nombre, el que da vuelta la lectura entera: «Savonarola — Ángel Solar», seguido de «Men donan a Florencia — ¿Antes del Apocalipsis invitados?». El monje que quema el arte anotado como criatura de sol.
C41 p13 — «Savonarola la quiere — va INCEPTION», con el trámite escrito al lado: «presentarse en el Capítulo de la Congregación Lombarda, en Venecia», y la prima de Piero de Medici. C41 p15 — «La posición de Savonarola […] la hoguera de las Vanidades», junto a «Están los cinco, liderados por Isabella» y Piero Medici.
[R] — Capa asertórica de mesa. Entidad de CIUDADES INVISIBLES minada del cruce entre la crónica jugada y el cuaderno C41. Pendiente de cotejo con el cuaderno físico.