Marta

«¡Está poseída por el demonio!» — dicho en la tumba como diagnóstico, no como insulto

La que se columpia

En una tumba de Antiterra —qué tumba, en qué región, los registros no lo precisan— hay «una mujer columpiándose», encadenada. Tiene la piel azul y un ojo que «se dilataba», y quien lo sostiene demasiado tiempo conoce la facultad que los viajeros nombraron Anerving Gaze. Está sola: una sola Marta en una sola tumba, y no consta que haya salido jamás de ahí.

El que escribe ha aprendido a leer las cadenas antes que a la mujer. Cadenas, tumba y posesión forman un solo dispositivo: está encadenada porque está poseída. Pero el hierro que la contiene es también su arma, y esa inversión es toda la lección del lugar.

El cuerpo antes de la forma

La posesión, enseña este caso, se manifiesta primero en las costumbres y después en la carne: «se empiezan a cargar las cosas, se empiezan a comer mierda» — coprofagia incontrolable y blasfemia son los síntomas reconocibles, la señal por la cual se pronuncia el diagnóstico que abre esta entrada. Solo después llega la transformación: «los brazos se les jamean, los dedos como que se ponen juntos, y la punta sale como la punta de la lengua de una serpiente». Los dedos confluyen en una sola punta. Y sobre todo el cuerpo corre continuo un líquido negro, «que se llama bleed».

Las tres facultades

La criatura opera con tres artes. La mirada del ojo dilatante, ya dicha. El líquido negro, que daña de manera continuada a quien lo toca. Y las Dancing Chains, «una habilidad que tiene especial»: las cadenas actúan solas, sin que ella deba atenderlas — bailan y golpean mientras Marta hace otra cosa. Que un poder obre sin la atención de su dueña es principio raro en Antiterra, y esta tumba es donde quedó establecido.

La sola manera

Contra ella funciona una única lógica, y conviene copiarla entera porque es doctrina: se regenera naturalmente, pero el daño continuado se lo impide — «está bueno que tenga el bleed, pero la regeneración no la va curando… si no, se regeneraría». Para matarla hay que mantenerla sangrando. Lo que mana de ella es, por simetría cruel, lo mismo que la condena: la sangre continua anula la carne que vuelve a cerrarse.

Las otras Martas

Aquí el archivo se abre en versiones que este cronista no puede fundir, y declara como disputa de escuelas. Hay una mujer azul que no habla: se comunica «en una especie de picnic telepático». Hay una sacerdotisa de piel azul llamada Marta. Comparten el azul con la encadenada, pero nada suelda el registro sacerdotal con el de la poseída: no alcanza para afirmar si la sacerdotisa cayó en posesión o si son dos Martas.

Y hay una tercera, biográfica. Una Marta de infancia, hermana o compañera de Magda —queda la escena de correr detrás: «Marta, Marta, esperame»—; una Marta casada, cuyo esposo era conocido de los viajeros: «yo era un gran amigo del esposo de Marta»; una Marta que firma la carta que los viajeros identifican. Según otra versión, fue la compañera de vejez de Lope de Vega: lo conoció a los trece años, lo acompañó desde los veinticinco, y murió a los cuarenta y uno, ciega y sin razón. Si esa mujer y la de la tumba son la misma, el archivo no lo dice.

Advertencias del cronista

Que el viajero no espere de esta entrada más de lo que hay. No sabemos qué demonio la posee, ni si existe rito capaz de expulsarlo. No sabemos quién la encadenó, ni cuántas cadenas tiene, ni hasta dónde alcanzan cuando bailan. No sabemos qué tumba es, ni en qué región de Antiterra buscarla — y quizá sea misericordia no saberlo. De ella no depende institución alguna del mundo: su peso es el de la lección, no el del trono. Aprendida la lección —la regeneración se vence sangrando; hay poderes que no piden atención; la posesión se lee primero en las costumbres—, lo demás es silencio de piedra y ruido de hierro.

Véase además: Magda · Lope de Vega


▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.