Presentación

Al pie de la escalera del primer nivel de la Torre de Cristal, pasada la sala de las cinco culebrinas con cabeza de dragón, había una mujer temerosa: blanquita, rubia de rizos de oro, bellísima, casi sin ropas, con túnicas que apenas la cubrían, un brazalete de oro con inscripciones y gemitas incrustadas y un cinto que brillaba — toda esmeraldada. «Soy una prisionera aquí. ¡Libérenme! ¡Sálvenme!»

Era un hechizo. Varios cayeron encantados y se acercaron a abrazarla; también Mr. Wolf, embobado como un chico. El que no cayó le rompió media mandíbula de un golpe energizado —gritó, le salió sangre entre los dientes— y el detective intentó negociar: «Podemos charlar para liberarte, pero liberá a mis compañeros». Inútil. La criatura abrazó a los hechizados, una bruma extraña con olor los envolvió, y la Dorada se difuminó en bruma púrpura llevándose a tres: Pontiac, Kendall y Sasha. A Mr. Wolf no lo quiso llevar. «¡Nooo!», gritó Wolf, y en el archivo ese grito pesa: sabía a dónde iban.

En el instante del abrazo, uno de los dos que no cayeron alcanzó a percibir lo que había debajo del oro y los rizos: los brazos de la mujer se dibujaban como tentáculos. La Dorada es una cara de la Nínfea — la máscara bella que la cosa tentacular de los pozos se pone para pescar. Sus hermanas, más abajo, ya no se molestaban en fingir: patas de araña en los flancos, cinturones de oro, telas metálicas, un altar con un cuenco y un cuchillo. La red de Aunt Nancy bajo la Torre usaba lo mismo que usan las arañas: no persecución, sino belleza y espera.

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