Presentación
Es una estructura gótica de concreto en el peor barrio de una ciudad peligrosa: una semi-catedral, iglesia metodista fundada en los buenos años por William Simmons [¿nombre?], cuando Gary creía que iba a ser importante. Para 1972 ya tenía menos de mil fieles. Cerró en 1977 — hace diez años. El archivo la llama la catedral porque nadie que la haya visto puede llamarla de otro modo, y porque una iglesia deja de ser una iglesia mucho antes de que le saquen los bancos.
Adentro impone un silencio de muerte. Las puertas están levemente fuera de eje —ese detalle, el de la carpintería vencida, es lo primero que avisa que el lugar ya no obedece—; entra vegetación, los bancos de la nave están rotos, faltan o fueron hechos leña, y en la región del púlpito se amontona la basura de reuniones que no fueron precisamente santas. A la derecha, dos filas de pilares abren una senda hacia la cabeza de la nave. Cada pilar tiene algo alrededor que se oscurece cuando se lo mira: entre el juego de sombras y la luz que entra a raudales por los vitrales rotos se adivinan dibujos y grabados intrincados, como telas de araña, como rostros que están ahí y desaparecen si se los mira de costado. Arriba, rostros demoníacos. Y el cielo raso, en la profundidad del edificio, deja de ser techo: es tela de araña.
Al final de la senda, donde otras iglesias tendrían una capilla baja o el sepulcro de un santo, hay una pileta circular de seis metros con un líquido glasiento y estancado. En la pared del fondo sobreviven los restos de un mural sobre madera podrida: alguna vez una escena religiosa, hoy apenas el rostro y los hombros de una mujer que debería ser la Virgen, ennegrecida entera — y furiosa, para quien tenga ojos de ver. En cada mano sostiene una gema del tamaño de una manzana: una es la gema que ellos tuvieron y perdieron; la otra parece un corazón de piedra verde. De ambas se derrama un licor entre sangre y materia vegetal, verde esmeralda, que cubre el suelo de verdín y se enciende con fluorescencia a medida que cae la tarde.
Acá pasó lo peor. Fue en esta nave, a medianoche, donde a Francis Le Pen le abrieron el pecho con una daga de obsidiana y le sacaron un corazón que resultó no ser de carne, sino de plomo: la materia más basta y contaminada de todas, ofrecida como alimento de los dioses en un rito de convocación. Fue acá donde apareció «la diosa», la mujer oscura de espada que los cautivos veían desde sus capullos. Fue acá donde de la pileta salió, licuado y vibrando, el látigo que no pertenece a este siglo. Y fue acá donde Kendall empezó a dejar de ser lo que era. La catedral no fue el escenario del sacrificio: fue el instrumento.
Ver también
- The Station — la otra entrada al subterráneo; ésta es la que impone.
- Francis Le Pen — el sacrificado a medianoche bajo esta bóveda.
- Corazón de plomo — lo que salió del pecho abierto.
- Kendall — entró humano a esta iglesia.
- Jean-Baptiste — el que llevó el cuchillo, según el archivo oral.
- Los cinco capullos — la visión que se abre esa misma noche.
- Látigo monofilamento — extraído de la pileta del mural.
- Rígel Betta — «la diosa» que se aparece en la nave.
- Los arácnidos — cuyos dibujos están en los pilares antes de que llegue nadie.
- Gema verde del hombre lobo — una de las dos que sostiene la Virgen ennegrecida.