Presentación

En la primera cámara ceremonial de la ciudadela hay un mosaico de seis metros con escenas de lealtad, y una estatua nueva: un caballero de la Cicatriz del Sol arrodillado ante una figura encapuchada que lleva al hombro una vara de la que cuelga una bolsa enorme. La prueba es aritmética moral —dos mercaderes del mismo viaje, uno exitoso y otro no, ¿cómo debe actuar el que volvió con la bolsa llena?—, pero los Buscadores notaron lo que el mosaico no decía: la bolsa de la estatua tiene exactamente la proporción de todas las bolsas del mosaico juntas. La figura encapuchada se quedó con todo, en todas las variantes. Así que no votaron ninguna escena: pusieron los tres orbes a los pies de la estatua misma. Y la despertaron.

La capucha cayó hacia atrás sobre una calavera que ganaba consistencia mientras hablaba, y lo primero que dijo fue una factura:

«Un millón doscientos mil almas. Creemos que eso es lo que nos vamos a cobrar del Imperio. Nuestros votos dan mutilación, tal como se hizo en Zenobia. Ustedes serán mis jinetes del apocalipsis.»

Después dijo la verdad de la orden —que el maestro era un vampiro, no por elección, y que fundó una horda para salir de las cámaras de destrucción; que el Imperio que debía cuidar este lugar se ha corrompido— y mandó arrodillarse y prestar juramento mientras los tres orbes le giraban alrededor como satélites. Cada uno lo vio con otra cara: uno vio una figura de tres metros con seis alas negras y una espada negra; otro vio al enemigo que venía evadiendo; el que llevaba la insignia de inquisidor vio a un lord. El Narrador lo nombró después de vencerlo: la suma de los miedos de los presentes, el poder mercenario de un lugar de comercio — la corrupción se paga, y las almas son el precio.

Al compañero que estaba invisible lo encontró igual: «Sé dónde estás. Te dije que era como vos. Es tu última oportunidad: júrame lealtad y ellos viven». Cuando cayó la oscuridad ya tenía preparada la trampa: había levantado la estatua y puesto a su espalda un símbolo grabado —el águila devoradora de conciencias—, y cuando alguien conjuró luz para atacar, leyó la runa: símbolo de muerte. «Nosotros nacimos primero; mueren también primero.» Un compañero se desplomó y no volvió. La estatua se animó como golem —hueco por dentro, con el hambre del mundo adentro— y repartió mazazos «con el peso de las almas del mundo», mientras una libélula-dron filmaba la escena entera desde atrás.

Lo derribaron. La apariencia se disipó y quedó lo que queda siempre: piedras y oro. Pero la cifra que dijo no se disipa. Un millón doscientos mil es exactamente el número de las almas refugiadas en el arca-gema, y no se dice una sola vez en el archivo: la repiten las torres, la repite el tecnomago cuando amenaza con la segunda bomba, la repite el archimago cuando llama «la cifra agorera» al ocaso de su colegio y explica que ciclo tras ciclo se pelea por el pasaje de ese millón de almas, que siempre están en tránsito y no encuentran paz — y que quien las guarda no las soltará, porque es la única manera que tiene de volver a ser fuerte.

Ver también

  • Eilidh — el mundo-gema; el millón doscientas mil almas que el heraldo pretende cobrarle al Imperio son las que están refugiadas ahí.
  • Vala_Cristalis — la capa que guarda el arca cuya cuenta el heraldo recita como una deuda.
  • Jinetes del Apocalipsis — el puesto que ofreció a los Buscadores: «ustedes serán mis jinetes».
  • Cosmarca — el otro extremo del hilo de las almas contadas.
  • Zenobia — «tal como se hizo en Zenobia»: el precedente de mutilación que invoca.
  • Caballeros de la Cicatriz del Sol — la orden cuya prueba de fidelidad custodia, y cuya verdad revela.
  • Malaquita — la cara que algunos creyeron reconocer bajo la capucha.
  • RAJ-750 — la inteligencia que porta la calavera del maestro; el archivo no separa del todo una figura de la otra.
  • Los Buscadores de Ardis Vala — los que no votaron ninguna escena y le pusieron los orbes a los pies.