
La ciudad de la flor, año 1300
El año es preciso: 1300, el jubileo, con Bonifacio VIII en el trono pontificio. Se juega en la Italia septentrional — la del pleno nacimiento, incluso del renacimiento en algún sentido, y al mismo tiempo con todo lo del mil doscientos, lo típicamente medieval. La apuesta es meterse en un mundo histórico que realza todo lo que hoy llamaríamos fantástico, ligado a la mitología increíble que creó Dante: congelar y cristalizar lo que aparece en la Divina Comedia. Pero no se juega, al menos al principio, en esos planos que entonces se aceptaban como reales —el infierno, el purgatorio, el paraíso—, sino en la Tierra, cuando se creía que esos reinos estaban volcándose sobre ella.
Florencia no tiene los Alpes de Milán, pero tiene el Arno corriendo por el centro, tres cinturones de murallas y unos cien mil habitantes: una de las grandes metrópolis de la cristiandad, más poblada que París. Sobre el Ponte Vecchio se venden joyas; hay relojeros, artes de la lana, cargadores, sustancias extrañas venidas de Oriente. Desde las Ordenanzas de Justicia de 1293 gobiernan las artes mayores, medias y menores, que dejaron afuera a los magnates —los nobles caballeros— y hace tiempo a las familias gibelinas, que conservan su imán en Milán con los Visconti.
El gobierno efectivo lo ejerce la Señoría, en un palacio recién fundado, una fortificación con torre central custodiada por el símbolo de la ciudad: el Marzocco, león de cara humana con la flor de lis. Gobiernan seis priores, elegidos por los sabios de sus artes, con poder absoluto por dos o tres meses y obligación de rendir cuentas. Los güelfos ganaron Florencia, pero ahora están divididos entre Blancos (los Cerchi) y Negros (los Donati) — y esa división es el reloj de toda la crónica.
Las estirpes
No hay razas: hay familias y estirpes, que se ven en el rostro porque se conoce la prosapia lejana. Es un mundo de órdenes y castas donde cambiar de grupo lleva generaciones: podés pasarte de bando, pero nunca vas a dejar de ser vos, tu familia, tu origen. Los elfos son los güelfos (Welfs), la familia que domina la alta nobleza, antiquísima, venida de Suabia y ligada al poder espiritual más fuerte, el papado: a todo el que es de la nobleza se le ve en la cara. Se subdividen como la historia los subdivide, en blancos —los del mundo de las ciudades y la elevación cultural— y negros. Enfrente, los gibelinos, los suabos de Federico II, con su propia marca en el rostro.
Las órdenes, la magia y la sospecha
Entre las órdenes del momento —templarios, hospitalarios, cistercienses— los templarios están complicados: son demasiado poderosos. Fundaron una red de hospedajes minifortificados donde pasaban la noche los tesoros que movían, y empezaron a girar letras: uno se sentaba ante un templario y esos papeles se hacían efectivos en otra encomienda. Los reyes de Europa están endeudados con ellos.
La magia se escucha como interacción con los demonios: todo lo que hoy llamaríamos sobrenatural es considerado —o al menos sospechado— demoníaco, incluso las categorías de milagro. El tráfico de reliquias es el mercado de lo mágico. Las lenguas son clave: el latín viene con lo eclesiástico, lo letrado y lo diplomático; para la magia la lengua por excelencia es el griego, y existen además una lengua de los ángeles y otra más infernal. El simbolismo con que se describe lo mágico es astrología, cábala y alquimia.
El arco
La crónica arranca con un encargo del gonfaloniere de justicia, Salvestro de’ Medici: los convocan precisamente por ser desconocidos para los poderes reinantes, temporales y espirituales. Seis priores están encerrados en concilio para decidir qué se hace con blancos y negros, y a uno de ellos —Dante Durante— le han enfermado a los tres hijos para torcerle el voto. De ahí salen los monjes negros, Rocco el de la boina y las cartas robadas, la casa de los Donati y el palacio sellado con su mecanismo del Prisma: seis torres, cada una con una gema de su color en el corazón, y el voto que solo se desbloquea reuniendo las seis.
Después la crónica se embarca. De Génova —con la cruzada de las mujeres y la carmelita Niki— a Chipre, donde en Limassol los recibe el gran maestre Jacques de Molay y les suma el segundo encargo: hay un dragón rojo en los Cuernos de Hattin. Y de ahí a Tierra Santa, a la puerta del Infierno cerca de Jerusalén, al bosque-portal que guarda Pavura —el Miedo, el dragón verde— y a la Nobiskrug donde quedan afincados.
El nombre
El cuaderno anota de dónde sale el título, y no es amable: los gustos eróticos de los florentinos eran tan conocidos que al norte de los Alpes los germanos decían «florenzen» por sodomizar, y a un sodomita lo llamaban «Florenzer». De ahí también el cargo específico que la ciudad terminaría creando, el Ufficiale di Notte — el Oficial de la Noche.
En el papel
Cuaderno C55, de punta a punta: la cronología güelfo-gibelina y las 39 familias contra las 33 (p6), la división de 1300 en Blancos y Negros con los Spini como banqueros del Papa (p9), los reskins de las figuras de la ciudad (p10, p14), el pliego de la misión con sus diez ítems (p15), y el origen del nombre en p13. Hay además material en C69.
[R] — Capa asertórica de mesa. Ficha de crónica de FLORENZEN, armada desde la prosa jugada y el cuaderno C55. Pendiente de cotejo con el cuaderno físico.