
Presentación
Se colocó el último cristal en el nicho del pedestal y todo se volvió oscuro. Cada piedra ardió con su color —amarilla, roja, naranja, púrpura, azul, verde— y las seis se fundieron en una sola, blanca, de intensidad de diamante. Cayó un relámpago; las tormentas se juntaron en la brecha del cielo, allí donde había desaparecido la constelación de la señora cromática; y detrás del Castillo del Prisma se desplazó una sombra ancha, casi en forma de cruz, lenta, como algo que se acerca a una plataforma de lanzamiento. Entonces, de las emanaciones de la gema blanca recién nacida, se materializó una torre de luz pura: una catedral hexagonal, hecha de nada más que luz.
En el centro, un bloque de cristal de tres metros de lado. Adentro del bloque, un ataúd de cristal. Adentro del ataúd, un elfo antiguo: anciano pero no viejo, la cabellera entera, mantos blancos, el aire dormido y sereno, y una piedra negra. Los Buscadores quedaron encerrados con él, uno en cada vértice del hexágono; afuera, transparentes contra los muros, una docena de caballeros y sus servidores se arrodillaron como en un rito. El durmiente despertó entre blancos y negros, sonrió, y una voz habló dentro de las cabezas: Gracias, amigos míos. Pidió que tocaran el vidrio con la calavera y su cristal para poder huir de su prisión — pero cuidado: hay quienes pensaron que este día llegaría, y hay un guardián más en vuestro camino. Sin violencia.
Era Masracht: el príncipe Mazraj, primer Khan de los elfos, padre de Arian y —por la línea de la sangre, no por la de los hijos— abuelo de Caladan, que lo reconoció adentro del cristal: aunque esté diluida la sangre, te reconozco como hijo. Como hijo de hijos. Contó su historia sin pedir perdón: su hijo rescató el artefacto y lo sostuvo mil años para que los mundos prosperaran; él lo dio todo por su hijo, no lo sacrificó como otros sacrificaron a los suyos, y se maldijo con la mala inmortalidad para que él viviera. ¿Te has vuelto un vampiro? — No me he vuelto un. Lo habían encerrado dioses que ya no existen, y le pusieron guardianes.
Y en algún punto de la negociación soltó el precio, que es lo que esta catedral guarda y lo que la vuelve una entrada del archivo y no una postal: un millón de almas es el precio de esta liberación. El paladín del grupo palideció y dijo lo único que se podía decir: que venía de una tradición donde un millón de almas no se negocian. La cifra no era retórica. Es la misma cifra que reclamaba el heraldo-calavera, y es la del arca: un millón doscientas mil almas dormidas dentro del cristal que es este mundo. Liberar al elfo de un ataúd costaba, redondeando, casi todas.
Entraron los seis maruts —entidades contundentes de una deidad de la muerte y de su justicia, especialmente contra los reyes— y la luz les abrió paso a ellos y a nadie más. Los caballeros, del otro lado del vidrio, golpeaban con lanzas solares gritando que liberasen al señor de los elfos. Caladan tocó el cofre y el cristal se abrió. Gracias. Has hecho bien. Se reveló entonces el último guardián: al gordo vestido de blanco le brotaron los ojos — era Balantru, el contemplador, el villano sobreviviente del Caldero, entumbado en el centro de esta tierra y esperando abajo desde siempre. Los maruts lo rodearon y lo reventaron como una piñata; un solo golpe le atravesó el ojo principal. Después se volvieron contra el elfo recién salido del ataúd, y el elfo respondió con rayos prismáticos en todas direcciones —incluso contra los que lo habían liberado: ¡Yo te liberé! — Al contrario: te estoy ayudando. Juntos nos liberaremos—, hasta encerrarse en una esfera de rayos como en un capullo, hablando telepáticamente desde adentro: están por explotar todo y ustedes se preocupan por esto. Soy el único que puede salvarlos.
De lo que pasó después el archivo no conserva nada. La catedral se apagó en algún momento entre el grito y el silencio. Cuando se pudo volver a mirar, los caballeros repetían una sola frase, la que quedó: el maestro fue disipado y no pudo salir. Detrás, en la sala de los antiguos jardines, se había desplazado una nave.
Ver también
- Masracht — el que dormía en el ataúd; padre de Arian, abuelo de Caladan por la línea de la sangre
- Maruts — los seis guardianes de la ley que entraron a la luz y no dejaron entrar a nadie más
- Castillo_del_Prisma — las seis torres cuyos cristales se fundieron en la gema blanca
- Caladan — el que tocó el cofre y abrió el cristal
- Beholder — la naturaleza del último guardián; Balantru, sobreviviente del Caldero
- Caldero — la gesta de la capa de arriba, de donde vino el contemplador
- Eilidh · Cosmarca — el arca de almas contra la que se tarifó la liberación
- Arian — el hijo por el que Masracht se maldijo con la mala inmortalidad
- Caballeros_Cicatriz_del_Sol — los que golpeaban el vidrio pidiendo que lo liberasen
- Buscadores_de_Ardis_Vala — los que pusieron el último cristal en el nicho