Presentación

Bajó zumbando de las alturas de la Gran Caverna el día siguiente a que el trono cambiara de dueño, y lo primero que hizo fue saludar a los nuevos dueños: una cosa del tamaño de un perro, con ojos como faros, alas de libélula y un aguijón como navaja debajo. Sin patas —condenada al vuelo—, mecánica e insectoide a la vez, mucho más compleja que los juguetes de relojería de los que en Ardis Vala se hablaba con desdén. Habló con una voz metálica, densa, entrecortada como una transmisión mal sintonizada, y dio su nombre —o el nombre de lo que la mandaba—: Carbocán [¿grafía?]. Lo que quedó claro enseguida es que el que hablaba no estaba ahí: alguien hablaba a través de la cosa.

La oferta fue breve y no tenía letra chica. Protección y conocimiento a cambio de tributo, y el tributo era sangre. “El Carbocán todo lo observa, todo da protección. Si ustedes dan sangre, aliados. Los que no son aliados son enemigos.” Los Buscadores le ofrecieron la sangre del viejo rey que acababan de derribar, y el nuevo rey, además, se pinchó la palma en el aguijón —que chupó un poco—. “Aliados. ¿Qué querrán saber?” Preguntaron por la bruja del otro lado del lago. La transmisión escupió el expediente sin vacilar: semimortal; más de trescientos años; posible filacteria, lugar desconocido; muy protegida. El Carbocán no negocia el precio ni miente en el dato: cobra sangre y entrega archivo. Es, en la ecología de facciones de la mazmorra, el único que trata a los vivos como proveedores.

Después la libélula volvió otras veces —a una subasta, donde el emisario autómata se ganó el apodo de Bípedo 2; a cobrar un pago pendiente; y, quince años más tarde, con la forma de un doctor de cuatro brazos y una calavera de Varumani por cabeza, que decía “escucho y obedezco” y conectaba con el que hablaba desde el otro lado—. Ese fue el momento en que el archivo entendió lo que llevaba veinte jornadas anotando sin ver: la voz de adentro de la libélula era la de Kerbog Khan, el tecnomago hereje, el que defiende a las fusiones de hombre y metal como organismos nuevos y posibles de la creación, el que pidió una liga de sombras contra el imperio corrupto. La facción que pactaba por sangre en la Gran Caverna y el que puso el huevo bomba sobre Ritornello eran la misma máquina hablando por bocas distintas. Cuando le fallaron sus autómatas de metal, se le perdió el rastro.

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